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OPINIÓN / POR MÁXIMO GARCÍA RUIZ
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El presente artículo forma parte del libro Los olvidados del Nuevo Testamento, (Editorial Sola Fide) de reciente aparición. Se trata de 25 “biografías apócrifas”, es decir, elaboradas libremente, de otros tantos personajes del NT.

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Curación del ciego Bartimeo (1567 / El Greco - Doménikos Theotokópoulos / Óleo sobre temple / Gemäldegalerie Alte Meister. Dresde, Alemania.

(Máximo García Ruiz, 07/02/2022) No era la primera vez que Bartimeo se encontraba con Jesús de Nazaret, conocido también como “el galileo”. Los días de festividades señaladas, acostumbraba a desplazarse desde Jericó, donde residía, a Jerusalén, donde se concentraban los viajeros procedentes de muy diversos lugares para cumplir como buenos judíos con las prescripciones religiosas que eran exigibles a los integrantes del pueblo escogido por Jehová. A él todos le conocían como Bartimeo (hijo de Timeo) el ciego.

Había sido testigo de algunas de las arengas que el galileo le dedicaba a los fariseos, llamándoles hipócritas y fue testigo, también, de aquella ocasión en la que, enfurecido, expulsó de los atrios del Templo a los mercaderes, que habían convertido el lugar sagrado en una especie de zoco, traficando tanto con los corderos para el sacrificio como con otros muchos enseres, tuvieran o no relación con los ritos religiosos. Él mismo tuvo que salir por pies ante una situación tan comprometida como aquella.

En una ocasión quiso acercarse al rabino galileo para implorar su ayuda, ya que había oído acerca de algunos de los milagros que había llevado a cabo, pero dos de sus discípulos se lo habían impedido, desplazándole fuera de su presencia.

Bartimeo era ciego desde su nacimiento. Ciego y mendigo o, si se prefiere, mendigo y ciego. Su oficio era pedir; implorar la misericordia de la gente; mostrarse dócil y amable, cuando en su corazón sentía el resentimiento hacia todos los que le rodeaban que, a diferencia de él mismo, podían disfrutar del don de la vista. Era judío y conocía las Escrituras, porque su padre se había encargado de llevarle a la sinagoga desde que cumplió los doce años, pero pronto tuvo que aprender a buscarse la vida por sí mismo al fallecer su padre cuando contaba catorce años y su madre apenas si podía cuidar a sus tres hermanos de menor edad que él.

***

La ceguera era una enfermedad frecuente en ese tiempo en tierras de Palestina y en su entorno. Algunos achacaban las causas a la intensidad de los rayos del sol, si bien en muchos casos la dolencia no era ajena a la falta de higiene. La incapacidad física que sufrían hacía que los ciegos, por lo regular, fueran abandonados a su suerte, así es que no era infrecuente ver como las calles de las ciudades más pobladas se convertían en el habitáculo habitual de estas personas y la mendicidad en su forma de vida. Es cierto que las leyes judías les protegían de modo especial, pero esa protección teórica, por lo regular, se convertía en papel mojado en la práctica y lo único que funcionaba era la compasión de algunos conciudadanos que les socorrían con algunas monedas.

La ciencia no alcanzaba a curar la ceguera y, mucho menos, si era de nacimiento. Si alguna curación se producía era considerada como un milagro, por lo que los ciegos solían ir a la caza de rabinos y profetas que pudieran llevar a cabo el milagro deseado.

Esta búsqueda se había acrecentado en los últimos tiempos debido a que se trataba de una época en la que el sentimiento mesiánico había aumentado considerablemente y, de acuerdo con la interpretación que hacían los rabinos, el Mesías, cuando llegara, daría vista a los ciegos, oído a los sordos, sanaría a los leprosos y los cojos podrían andar sin impedimentos.

Por otra parte, la enfermedad en general, y la ceguera en particular, era considerada como un castigo de Dios, una maldición y una impureza que sufren aquellos que han infringido las leyes divinas; una maldición que podría transmitirse de padres a hijos hasta la quinta generación.

Por consiguiente, tanto los ciegos como cualquier otra persona que sufriera algún defecto físico eran desechados de los lugares sagrados. Incluso los animales destinados a ser sacrificados en el Templo no podían tener ningún defecto físico. La comunidad del Qumrán, que era uno de los colectivos religiosos más estrictos, participaba de ese rechazo y ningún ciego podría integrarse en su comunidad.

No obstante, las expectativas de Bartimeo en relación con el galileo que, a decir de algunos, era realmente el Mesías, habían aumentado y despertado todas sus esperanzas, ya que Jesús había dicho a los fariseos que también los ciegos tendrían acceso al reino de Dios y le había llegado la noticia de que en Jerusalén ya había curado a otro ciego de nacimiento como él. Luego no cabía duda de que Jesús era el Mesías y únicamente él podría darle la vista.

***

Bartimeo tenía seleccionados cuidadosamente los lugares en los que situarse para ejercer su oficio. Si era en Jerusalén, se colocaba en el atrio principal del Templo, junto a la puerta, aunque con frecuencia era expulsado de malas formas de ese lugar por alguno de los sacerdotes o levitas y tenía que reubicarse fuera del recinto del Templo. Si se encontraba en su ciudad, es decir, en Jericó, su sitio, respetado en este caso por todos los conciudadanos, era en la confluencia de la calle principal con la carretera de entrada al pueblo, muy cerca de la sinagoga, lugar de paso obligado tanto para los que llegaban o abandonaban la ciudad, como para los propios vecinos.

A sus dieciocho años eran ya cuatro los años en que se había convertido en el soporte económico de su familia, pero llevaba con tristeza, aunque con resignación, su condición de ciego y de mendigo. El caso era que la mayoría de los recursos económicos que ingresaban en su casa tenía que proveerlos él con su penosa mendicidad.

En una de las aproximaciones en las que había intentado acercarse al grupo de discípulos que acompañaban siempre al rabino, había oído decir a uno de ellos, al que parecía el mayor de todos, dirigirse al Maestro como “hijo de David”. Bartimeo, como buen judío, conocía muy bien el significado de ese título. Establecer ese vínculo genealógico con David entraba dentro de la enseñanza rabínica acerca del Mesías, por lo tanto, cuando Bartimeo desde la distancia grita a Jesús llamándole “hijo de David”, está haciendo una confesión de fe. Una confesión de fe que no deja de sorprender a los discípulos que acompañan al Maestro, ya que ellos mismos, apenas de forma muy somera, habían asimilado o estaban en proceso de asimilar, esa creencia.

“¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!”. Celosos de proteger al Maestro, los discípulos se apresuraron a reprenderlo para que se callase y no le molestara, pero Bartimeo gritaba cada vez con más fuera: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” 

Bartimeo conocía mucho acerca de Jesús. Eran varias las veces que le había sentido cerca y escuchado con mucho interés; y, además, había prestado mucha atención a quienes con frecuencia se ocupaban de narrar episodios relacionados con el galileo y los milagros que era capaz de hacer. En más de una ocasión había soñado con ser él uno de los agraciados, pero no le resultaba fácil acercársele. Tenía que ser el Mesías; no le cabía la menor duda. Era el Mesías anunciado por los profetas, el hijo de David, el único que podía tenerle misericordia y hacer un milagro.

La llamada del ciego no cayó en saco roto. Jesús le llamó a su lado y le hizo la pregunta soñada: “¿Qué quieres que te haga?”. No sabía si estaba soñando o era cierto. Su fe en el Mesías, que reconocía en la persona de Jesús, era inquebrantable. “¡Que recobre la vista!”, fue la respuesta inmediata de Bartimeo.

La fe mueve montañas, había oído Bartimeo referir a Jesús en una de las ocasiones en las que le escuchó perdido entre la multitud, pero entonces le había parecido algo exagerado. “Señor --volvió a decir--, ¡que recobre la vista!”. Jesús hizo un poco de barro con su propia saliva y cubrió con el barro los ojos del ciego y dijo a Bartimeo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y en seguida cobró la vista. Bartimeo no iba a olvidar ese momento el resto de su vida.

No era la primera vez que Jesús daba vista a un ciego. Y no iba a ser la primera vez que los discípulos relacionaran la ceguera con las tradicionales creencias de que una enfermedad siempre estaba relacionada con algún pecado. Entonces, preguntan, “¿quién pecó, éste o su padre?”. Es evidente que aún les queda mucho por aprender. “Ni éste ni “su padre. Si creyereis podríais decir a este monte cambia de sitio y se cambiaría”.

***

Bartimeo siguió a Jesús ese día recorriendo las calles de Jericó. Muchos vecinos se asombraban al comprobar que el hijo ciego de Timeo a quien habían visto durante tanto tiempo pidiendo a causa de su ceguera, ahora se manejaba con soltura, dando saltos de alegría y testificando de lo que había hecho el rabino galileo con él.

No faltaron vecinos que se adelantaran para anunciar a su madre y a sus hermanos lo que había ocurrido, así es que la madre salió al camino para ver por ella misma el milagro. La alegría inundó a toda la familia, pero una vez en casa, después del primer impacto que había causado la noticia tanto a Bartimeo como a su familia, la madre, transida de nostalgia y preocupación, exclamó: “¿Y ahora de que vamos a comer?”.

Efectivamente, la madre fue la primea en reparar en que Bartimeo, que se había convertido en la principal fuente de ingresos que sostenían a la familia, no podría seguir ejerciendo su actividad de mendigo, al menos no con la productividad que venía desarrollando hasta entonces. Por su parte, la alegría que invadía a Bartimeo era de tal calibre que no era capaz de reparar en los temores que invadían a su madre.

Al día siguiente Bartimeo no se sintió motivado para acudir a su lugar de siempre para ejercer su actividad habitual. Su mente y su corazón le pedían seguir a Jesús, acompañarle a donde quiera que fuera, unirse al grupo de los discípulos y correr la misma suerte que ellos. Y así lo hizo ese día y los dos días siguientes que Jesús permaneció en Jericó, pero al cabo de esos tres días, sin nada que llevar a su casa, la realidad que le deparaba la nueva situación le llevó a buscar alguna salida para seguir ayudando a su familia, como había hecho hasta entonces, sin hallar cómo podría lograrlo.

De sus tres hermanos dos ya aportaban algo a la casa y el tercero, con ocho años. aún era demasiado pequeño para ello. Probó, sin embargo, a situarse en el lugar a donde sus pies le conducían cada día y ocupó su sitio en el risco que le servía de asiento, como si nada hubiera ocurrido.  Algunos de los viandantes se paraban a congratularse con él, a causa de la suerte que había tenido y a preguntarle cosas acercara de Jesús y lo que había ocurrido. Otros, muy pocos, aún le dejaron algunas monedas, pero no como antes.

Y así transcurrieron varios días, resintiéndose de lo mal que le iba ahora que había recobrado la vista, hasta que el sexto día, un hombre de los principales de Jericó del que tenía referencias, se le acercó con el deseo de hablar con él. Nunca había tenido contacto con esa persona, que se movía en sectores a los que Bartimeo no tenía acceso. Era Zaqueo, el jefe de los publicanos. Le reconoció por la voz, porque algunas veces le había oído. Él mismo se presentó al otrora ciego y ahora vidente.

Zaqueo preguntó y preguntó y nunca se cansaba de preguntar a Bartimeo acerca de su experiencia, de lo que Jesús había hecho con él. Se lo llevó a su casa, comieron juntos y en ningún momento se cansaba de indagar qué había ocurrido. Al enterarse de la situación en la que quedaba Bartimeo después de haber dejado de ser ciego, le ofreció un trabajo en el palmeral de la familia. Quería tenerle cerca para seguir indagando. Zaqueo no se saciaba de su ansia de conocer más sobre el galileo.

A raíz de esa sublime experiencia y una vez normalizada su nueva vida, Bartimeo fue acogido en el pequeño grupo de aquellos que, en Jericó, se identificaban como seguidores de Jesús. Con frecuencia recorrió las tierras de Judá acompañando al Maestro. Y a quienes le preguntaban acerca del milagro que Jesús había hecho con él. Bartimeo siempre les contestaba lo mismo: “Yo solo se una cosa: antes era ciego y ahora veo”.

Autor: Máximo García Ruiz. Febrero 2022 / Edición: Actualidad Evangélica

© 2022- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 29 libros y de otros 14 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

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