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LA HISTORIA DE LA IGLESIA A TRAVÉS DE LOS AVIVAMIENTOS

Nuevas instituciones y avivamientos en la Plena Edad Media: Monasticismo y Escolástica

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Continuamos con la undécima entrega de esta interesante serie titulada "La historia de la Iglesia a través de los avivamientos", a cargo de Juan Manuel Quero Moreno

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Claustro de la Abadía de Fontenay, en Francia, fundado por Bernardo de Claraval

(JUAN MANUEL QUERO, 07/10/2021) | Continuando con la reflexión en Plena Edad Media, cabe destacar cómo el monasticismo medieval tendría una aportación humanitaria muy significativa; pero, además fomentaría la cultura dando a ésta un progreso muy significativo.

El monacato cisterciense supuso una reforma del monacato benedictino, y fue fortalecido por Bernardo de Claraval (1112). El monaquismo franciscano supondría una regla nueva, fundada por Francisco de Asís en Italia, en el año 1209, la cual se extendería por Europa. Otra orden española, fue la fundada por Domingo de Guzmán en 1215 y que tendría un cometido muy relacionado con la teología, buscando el fortalecimiento de la fe de los fieles. Estos serían los que señalarían firmemente la herejía y la combatirían. Tanto estos como los anteriores formarían parte de estas nuevas órdenes mendicantes, llamadas así porque dependerían de las aportaciones de los demás para su subsistencia.

Estas órdenes o instituciones religiosas tendrán aspectos muy positivos, en los que podemos ver a Dios obrando; pero, la institución no sustituye a Dios, sino que dependerá de las personas que permiten el control y dominio del Espíritu Santo para mantenerse en los proyectos divinos. Fueron muchas las aportaciones que ayudaron y fueron de beneficio y avance. Estos monasterios en tiempos de saqueos y batallas serían refugios de paz. Serían agencias que trabajarían como hospicios ayudando a los heridos y especialmente a mujeres y a niños. Se estaban formando los primeros hospitales; pero, además también preservarían la cultura, custodiando obras de arte, copiando libros y recogiendo la historia de ese tiempo. Serían centros educativos, actuando como escuelas y facultades para desarrollar la agricultura, apoyando las infraestructuras necesarias para los cultivos.

El Espíritu de Dios, no se manifiesta solamente con credos y confesiones, ni siquiera con simples instituciones eclesiásticas, sino que también está Dios en el orden adecuado para desarrollar la cultura. Junto a estas escuelas monásticas, se formarían las escuelas catedralicias alrededor de las bibliotecas de las catedrales, que formaban al clero. El «Estudio General» sería además una institución que daría a luz a la universidad medieval, con el «Trívium»[1] y «Quadrivium»[2]; esas siete disciplinas de «arte», además de medicina, derecho y teología, que tendrían la característica de universalidad de atender a todos los que quisieran estudiar pudiendo ser de cualquier lugar geográfico, donde sería importante el intercambio de conocimiento y los profesores tendrían que estar especializados en la materia[3].

En este contexto no hay que perder de vista el pensamiento Medieval que imprimía la escolástica. Este era un término propio de la Edad Media, acuñado allí, y que tuvo un desarrollo progresivo y abierto a diferentes corrientes. En realidad, sería la nueva «Patrística de la Edad Media». Si bien conjugaba la fe y la razón para avanzar en el conocimiento, siempre la razón se tendría que someter a la fe; o la filosofía a la teología. El concepto de autoridad seguiría marcando una línea a seguir. Esto controlado por las manos de la iglesia de aquel tiempo, podría suponer una limitación evidente, ya que la fe podría definirse de manera interesada, o equivocada; ya que, en definitiva, existía un fuerte antropocentrismo, donde todo lo que pudiera desplazar del centro del universo a la tierra o al hombre se podría considerar anatema. Y hay que tener en cuenta que la Iglesia Católica sería la que determinaría lo que sería ortodoxo en materia de fe; así, como la que se arrogaría el derecho único para interpretar lo que la Biblia querría decir en diferentes asuntos[4]. No obstante, aquí nos encontramos una vez más, la importancia de razonar y sopesar las acciones con cierta independencia de las directrices impuestas por terceros. Esto se fue dando también ante la Palabra de Dios, existiendo en una primera parte algunos escolásticos o pre-escolásticos, que llegarían hasta finales del Medievo, siendo de sobresaliente apogeo en el siglo XIII.

En esta Plena Edad Media, destacarían personajes como Anselmo de Canterbury, considerado como el primer escolástico (1033-1109), quien escribiría una teología sobre la preexistencia de Dios. También cabe destacar aquí a Pedro Abelardo (1079-1142), a quien, en este caso se le atribuye el método escolástico; aunque este método fuese evolucionando, tendría un «discurso o argumento» que seguiría tres puntos: a «lectio» es decir lección-lectura; la «quaestio», esto es presentar la cuestión; y la «disputatio» o discusión-debate. En el siglo XIII será la edad de oro de la escolástica con la introducción del pensamiento de los filósofos clásicos, pero en especial de Aristóteles, que determinaría el pensamiento cristiano en aquel tiempo y que se introduciría a través de las variantes islámicas con personajes como Averroes y Avicena. Este tipo de escolástica influiría poderosamente en las órdenes mendicantes, en especial en los dominicos[5], que tendrían una base más aristotélica, y los franciscanos[6], que su influencia sería más platónica. De entre ellos surgirían importantes teólogos en este tiempo, como el dominico, Tomás de Aquino, máximo representante de la escolástica, creando una línea de pensamiento conocida como «tomismo», destacando sus argumentos sobre la prueba de la existencia de Dios, como Las Cinco Vías: Movimiento, eficiencia, contingencia, grados de perfección, y finalidad.

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«Las Cinco Vías de Tomás de Aquino». [Consultada el 20 de abril de 2021].

Con el franciscano, Juan Duns Escoto, se enfatizaría la independencia de la filosofía y de la teología, entendiendo que son disciplinas diferentes, y esto llevaría a una etapa nueva de pensamiento, que iría acercándose poco a poco a la eclosión del Renacimiento; pero, esto lo veremos más adelante. Aquí cabe detenernos, pensando en el papel de defensa de la fe, y de la proclamación del evangelio hasta lo último de la tierra que asumirían estas órdenes, en especial los dominicos, ya que, no solamente fue una encomienda del papa Inocencio III, sino el mismo llamamiento que experimento Domingo de Guzmán[7].

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«Domingo de Guzmán». Paolo Coello. Óleo sobre lienzo de 240 por 160 cm. (c. 1685) El estilo es del barroco madrileño. La representación recoge una serie de símbolos que apuntan al cometido y llamamiento del santo.

La defensa de la fe católica promovió otras cruzadas contra los cátaros o albigenses, pero sin llegar a tener buenos resultados, se llegaría a crear otra institución. Esta nueva institución sería conocida como «la Santa Inquisición». En este caso sería en el 1184, cuando el papa Lucio III daría inicio a la Inquisición Episcopal, llamada así porque dependería de ellos y no directamente del Papa. Poco después será la Inquisición Pontificia, centrada en el Papa. Además, el papa Gregorio IX, en una bula de 20 de abril de 1233 dio la encomienda de que oficialmente fuesen los dominicos los encargados de perseguir la herejía haciendo todas las censuras necesarias y con el apoyo de las autoridades seculares para determinar los castigos y las torturas[8]. Funcionaría hasta el silgo XIX y el último país en abolirla sería España, después de que se llegara a abolir hasta cuatro veces; siendo definitiva esta abolición el 15 de julio del año 1834; aunque, oficiosamente continuara la maquinaria de la Santa Inquisición.

Es muy interesante, que todo este entramado inquisidor fuese especialmente la reacción a dos fuertes movimientos que surgirían con el propósito de reformar la iglesia. Sí, estamos hablando de una reforma antes de la Reforma del Siglo XVI. Estos serían los valdenses y los cátaros o albigenses, que principalmente se organizarían en el sur de Francia, en la zona de Languedoc.

Los cátaros[9] manifestaban su rechazo a la férrea presencia sacerdotal para la administración de los sacramentos, destacando además la deplorable conducta de estos sacerdotes que, sin embargo, eran los que podía ser mediadores para dispensar la gracia. Además, estaban en contra de la forma en la que se ofrecían las indulgencias y se invocaban a los santos, entre otras cosas. Además, los cátaros ponían su énfasis en el estudio de las Escrituras y presentaban una importante estricta moralidad y austeridad en su forma de vivir. Siendo perseguidos en el sur de Francia, cruzarían los pirineos y pasarían a España. El profesor de la Universidad de Aix-en-Provence, Charles de la Roncière, dice lo siguiente: «Entre los múltiples focos de herejía que van encendiéndose en diversos lugares durante los siglos XII y XIII, muchos aparecen como una simple radicalización de movimientos de tipo evangélico […] es, y sigue siendo, un movimiento fundamentalmente cristiano.

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Este es uno de los muchos escudos de la Santa Inquisición, donde la espada simboliza la fuerza con la que había que defender la fe; y la rama de olivo la posibilidad de acoger a los que se arrepintieran. Todos ello rodeado por las palabras del Salmo 74:22 que reza así: “Álzate oh Dios, para defender tu causa”. En la Biblia Vulgata, aparecerá como Salmo 73.

Es cristiano, en primer lugar, en sus fuentes y en sus referencias, tomadas siempre de la Escritura […] Efectivamente, el catarismo seduce tanto a los sabios y a los espíritus cultivados de las grandes ciudades, como a los humildes […] En este punto, el catarismo forma parte de ese poderoso movimiento evangélico y popular que sacude a la Iglesia desde hace un siglo y que agita incluso al mundo de los pobres. Participa del fondo común, del que se surten, asimismo, los movimientos evangélicos, las órdenes mendicantes y todas las formas de piedad más exigentes y más personales»[10]. Estos grupos, como los beguinajes[11] que surgieron en este tiempo, arrastraban doctrinas que tenían cierto barniz de herejía. Los cátaros tenían una raíz maniquea, lo que significa un fuerte dualismo, donde Dios presidía un parte y Satanás la otra.

En este mismo tiempo nos encontramos con los valdenses, que surgirían con Pedro Valdo (1140-1217), un comerciante muy adinerado que experimenta una conversión genuina, entregando su vida a Cristo. La Biblia para él fue central, supuso una luz especial en este tiempo de tinieblas. Siguiendo lo que dice el evangelio de Mateo 19:21: «Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme». Valdo hizo esto literalmente, repartiendo comida y pertenencias a los necesitados. Por ello fueron conocidos también como los Pobres de Lyon. Además, organizó el reparto de biblias, que estando en latín eran traducidas, leídas y explicadas por predicadores itinerantes. Ante la predicación y humildad de Pedro Valdo y los valdenses, el clero se sentiría amenazado. Su teología, netamente evangélica, rechazaría al igual que los cátaros lo relacionado con las prerrogativas de la iglesia católica en cuanto al perdón de los pecados, los sacramentos y la mediación entre Dios y los hombres; además de otras cuestiones.

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Pedro Valdo. Fragmento del monumento a Lutero en Worms. [Consultada el 21 de abril de 2021].

Para los valdenses, cualquier hombre podría predicar el evangelio, quitando está exclusividad que se arrogaban los clérigos. A pesar de las presiones y amenazas de los obispos, sobre todo de Lyon, además de los chantajes y la excomunión del papa Lucio III el año 1184; así como de la expulsión de Lyon, lugar donde residían; se esparcieron por buena parte del mundo; algo similar a lo que ocurrió con la persecución del cristianismo en tiempos del primer mártir del cristianismo, que fue Esteban. Valdo terminaría muriendo en Polonia, pero los valdenses a pesar de las fuertes persecuciones continuaron, aunque en momentos dados casi extinguidos. Durante la Reforma Protestante se unirían y se fortalecerían, apoyando lo que entendían la base de su fe. En el memorial que se realizó a Lutero en Worms, Alemania, existen diferentes esculturas de los reformadores del siglo XVI, así como de los pre-reformadores; entre estas últimas aparece la escultura de Pedro Valdo como una figura importante del protestantismo antes de que este término se acuñara, en el siglo XVI. Actualmente, los valdenses son numerosos en Italia, pero, sus iglesias están en diferentes partes del mundo. Sobre este monumento, en mi libro «Vigencias y valores de la Reforma Protestante», explico en detalle su composición y expresión histórica. Del comentario que hago, entresaco lo siguiente:

 «En este monumento de Lutero, no solamente se habla de la luz que se proyectaba desde la Plena Edad Media, a la Reforma del XVI, sino que también, desde esta Reforma Protestante, se reconocerán a los cristianos que lucharon en un tiempo tan hostil, y esto no podría ser de otra manera, si no hubiese sido por la obra del Espíritu de Dios, que sigue realizando su obra en nuestras vidas, dejando constancia histórica, y el hilvanado de los hechos, que configuran la narración del cristianismo, en medio de la historia de la humanidad […]».[12]

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Escudo valdense, donde reza: «La luz resplandece en las tinieblas».

Este tiempo oscuro supuso mucha maldad y mucho perjuicio, pero cuando hay pecado Dios no se desentiende, busca la restauración. Su acción también la vemos claramente, como huellas en el desierto o en la arena, poco transitada por los que podrían traer salvación y beneficio, se distinguen claramente. Como ilustración, para concluir durante este tiempo, me gustaría terminar con la simbología del escudo de los valdenses. En éste aparece un candelabro encendido que alumbra en la oscuridad y una leyenda alrededor que dice: «Lux lucet in tenebris», es decir, el texto de Juan 1:5 que es algo más largo y cuya segunda parte también hemos de tener en cuenta, dice así: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Junto a este candelabro se colocan siete estrellas, recordando las siete iglesias de Apocalipsis que están siendo sostenidas por Dios: «Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza» (Apocalipsis 1:16).

Repasando este devenir histórico y viendo la acción de Dios en diferentes medios, cabría una breve reflexión al respecto. Los «Estudios Generales del Medievo» ya nos señalan la importancia de la universalidad del conocimiento. ¿Hasta qué punto debemos buscar la relación con otros pueblos para avanzar en nuestro conocimiento y fraternidad cristiana? ¿Dónde podemos encontrar las huellas del Espíritu Santo en todo este devenir histórico? Si podemos ver las huellas de Dios en el monasticismo mendicante del medievo, ¿significa esto que Dios usa también a otras confesiones religiosas? La escolástica tenía un método muy interesante, en el que destaca la lectura, la reflexión y el debate. ¿De qué manera hoy deberíamos de dialogar sobre los temas bíblicos y necesidades existentes?

*** Notas:

[1] Primera parte preparatoria para el «quadrivium», y que consistía en las asignaturas de «gramática» (entrada), «lógica» (procesamiento) y «retórica» (salida),

[2]  Aritmética, geometría, música y astronomía.

[3] Se reconoce como la primera universidad la de Bolonia (Italia) fundada el año 1088. Otra de las primeras es la de Palencia, la primera en España, fundada el año 1208, tendría entre otros estudiantes destacados, a Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos.

[4] En este caso la teoría del geocentrismo de Ptolomeo, es la que durante siglos reconocería la iglesia.

[5] El fundador de la orden mendicante o de los predicadores dominicos sería el burgalés, Domingo de Guzmán (1170-1221).

[6] El fundador de la orden mendicante de los franciscanos sería Francisco de Asís, un hombre con un llamamiento, para predicar el «Kerygma» evangélico y volver a la práctica apostólica.

[7] Williston Walker. Historia de la iglesia cristiana. Missouri, EE.UU.: Editorial Casa Nazarena de Publicaciones, s.d. pp. 254-261.

[8] Cf. Samuel Vila. Historia de la Inquisición. Barcelona, Terrassa: Editorial Clie, 1977, pp. 19-21.

[9] Su nombre viene de la palabra griega «catharos» que significa «puros». Se les daría también el nombre de albigenses, por la ciudad al suroeste de Francia, llamada Albi, donde residían muchos de ellos.

QUERO[10] Charles de la Roncière. «Los cátaros». En: 2000 años de cristianismo. Tomo III. Madrid: Sedmay Ediciones, [1979], p. 119.

[11] «Beguina» viene a significar cofia, y serían grupo de mujeres, especialmente, viudas de los soldados que participaban en las cruzadas, que se propusieron vivir en comunidad y con un régimen muy austero, especialmente en la zona septentrional de Europa (Flandes).

[12] Juan Manuel Quero Moreno. Vigencias y valores de la Reforma Protestante. Sevilla: Read On Time, 2017, pp. 103-104.

Autor: Juan Manuel Quero Moreno


© 2021. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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