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OPINIÓN / LA HISTORIA DE LA IGLESIA A TRAVÉS DE LOS AVIVAMIENTOS

La Historia de la Iglesia a través de los Avivamientos. «La persecución en tiempo de los apóstoles» (II)

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Continuamos con la sexta entrega de esta interesante serie titulada "La historia de la Iglesia a través de los avivamientos", a cargo de Juan Manuel Quero Moreno

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«Conversión de San Pablo» (1600-1601, Caravaggio. Óleo sobre lienzo, de estilo barroco italiano tenebrista. 230 por 175 cm. Actualmente en la Iglesia de Santa María del Popolo de Roma.

(JUAN MANUEL QUERO, 25/01/2021) | En esta escena de persecución y ejecución, del que se considera el primer mártir de la historia del cristianismo, focalizamos a un joven, quizás, en este tiempo sería estudiante, bajo la dirección del gran y famoso rabino, Gamaliel; pues según el historiador Burguess, tendría 13 años cuando fue a estudiar en la escuela rabínica de Jerusalén.

Efectivamente, se trata de Saulo de Tarso. Esta ciudad de procedencia, Tarso, pertenecía a la provincia romana de Cilicia, lo que correspondería hoy a la actual Turquía[1]. No vamos a introducirnos demasiado en las descripciones bíblicas que sobre él tenemos, ya que en el libro de los Hechos de los Apóstoles queda constancia clara. La estrategia de Dios la vemos en la perspectiva que nos da la historia. Saulo, hijo de padres judíos, y de ascendencia del partido religioso de los fariseos, tenía doble nacionalidad, judía y romana, pero la cultura en la que él creció, en Tarso, era griega; ya que, este era un centro intelectual y comercial del mundo helénico. Como dice Burguess: «El joven Pablo, de esta manera, unió en sí los tres elementos más sobresalientes de la civilización de entonces: la cultura griega, la organización política romana y la religión judaica»[2].

Este joven, en su ejercicio celoso de mantener la ortodoxia judaica, que entendía era lo que Dios quería, comenzó a unirse en esa persecución contra los cristianos. Es por ello que lo vemos camino de Damasco, capital de Siria, con cartas de autorización del sumo sacerdote, para aprehender a hombres y mujeres que podrían ser seguidores de Cristo. En este empeño, y camino a Damasco, es cuando fue confrontado por el mismo Señor Jesús: «¿Saulo, por qué me persigues?» Estas fueron las Palabras que escuchó el futuro apóstol a los gentiles. En el capítulo 8 y 9 de «Los Hechos de los Apóstoles», se explican los detalles de este encuentro y de su conversión a la causa de Cristo. El perseguidor se convirtió en perseguido. Tanto los judíos, como los seguidores de Cristo, comenzaron a verle con sospecha. Por ello, marchó un tiempo a la zona de Arabia.

Después de estar unos años allí, regresaría a Jerusalén, y de allí, de nuevo a Tarso, de donde era original. Este sería un tiempo usado por el Espíritu Santo para capacitar a Saulo, como cristiano, pero también en el llamamiento específico de ser usado para predicar el evangelio, de forma especial a los no judíos o gentiles, hasta que finalmente fue llamado por Bernabé (Hechos 11:25-26) para colaborar en la iglesia que había surgido en la metrópolis de Antioquía. Esta sería una gran ciudad donde comenzaron a convertirse aquellos que no tenían ningún trasfondo judío. Cuando Saulo llega allí, y estando un año enseñando, los discípulos fueron llamados «cristianos».

Sería una iglesia de esta índole, la que Dios usaría para producir una gran explosión misionera. El Espíritu Santo comunicó a la iglesia que apartaran a Bernabé y a Saulo, y sería entre los años 45 y 68 d.C. que se realizarían los tres viajes misioneros[3] en los que el apóstol de los gentiles sería una pieza clave. Todo ello fue dirigido por el Espíritu Santo para que el evangelio llegase a los lugares estratégicos de Asia Menor y Europa. Los avivamientos se dan en torno a situaciones complicadas. El apóstol Pablo tendría la experiencia de diferentes arrestos y cárceles, destacando de forma especial las de Roma, que supondrían una condena de dos años, desde donde escribiría las llamadas «epístolas de la cautividad»: las epístolas de Filipenses, Colosenses, Filemón y Efesios. Todo ello entre los años 58 al 63, por lo que además de estos dos años, no sabemos todo lo que realizó en este tiempo, aunque existen diferentes especulaciones. Como comenta Baker[4] el apóstol pudo haber llegado a España, antes de volver de nuevo a Roma, donde se cree que se le dio muerte, en la persecución de Nerón, iniciada en el año 67 d.C. Poco antes de morir, escribiría la segunda carta a Timoteo: «Yo, ya estoy para ser ofrecido en libación, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardad la corona de justicia, la cual me dará el Señor, el justo juez, en aquel día» (2ª Timoteo 4:7-8).

Es curioso que en las primeras referencias al apóstol Pablo se le llame siempre Saulo; aunque como nos dice Lucas, también era conocido por Pablo. Recordemos que Pablo era de la tribu de Benjamín, como el primer rey de Israel, Saúl, que latinizado sería Saulo; pero este nombre hebreo, muy centrado en el pueblo y cultura de Israel, seguramente no sería el más apropiado para moverse con el propósito de la evangelización, entre los pueblos no judíos o gentiles. Un argumento de mucho peso, es que «Pablo» podría tratarse de un apodo. Era costumbre de los romanos tener un primer nombre, seguido del apodo, que más adelante se convertiría en apellido, como los que tenemos hoy día. Según esto, el significado de Pablo era «pequeño»; es decir, Saulo el pequeño (seguramente, y como así se constata, sería por su estatura). Un nombre latino, propio de los gentiles, sería más estratégico y recomendable para la tarea a la que fue llamado. Además, el poderoso y activo Saulo, tendría que aprender a ser humilde, y depender de Dios y de otras personas que le acompañarían en esta empresa. A partir del capítulo 13 de Hechos, en plena tarea misionera, Lucas lo presentará ya como Pablo.

Entre las diferentes aportaciones que realizó el apóstol Pablo, destaca la universalidad del evangelio, por su trabajo y estrategia misionera; pero, de una forma muy específica, destacada, hay que resaltar el gran legado teológico de sus escritos, que ocuparían casi una tercera parte de todo el Nuevo Testamento, con sus 13 epístolas. En todo ello, dejando una evidencia de la realidad del Espíritu Santo, y de la importancia de ajustar todo, según las necesidades y acorde a la voluntad de Dios[5].

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«La última oración» por el pintor y escultor francés Jean-Leon, Gerome (1824-1904). Obra realizada por encargo, el año 1863, entregada el 1883. Es un óleo sobre lienzo de 87,9 cm. por 150,1 cm. El estilo, es el que se conoce hoy como «academicista», entiendo por ello las influencias de las academias de arte de la época, entre las que constan, como esta, representaciones históricas. Actualmente en el Museo Walters, en Baltimore (Maryland, EEUU).

No podemos pormenorizar en este apartado todos los detalles del resto de apóstoles y destacados seguidores de Jesús en este período de persecución. Alfonso Ropero, destaca lo siguiente, aunque con matices y siendo consciente de que haya otras teorías: «[…] Pablo sufrió el martirio el mismo día del mismo año que Pedro, o sea, el 29 de junio del 64; algunos padres latinos disputan si fue el mismo día pero no del mismo año […]»[6]  Sin embargo, pese al consenso tradicional, hoy se está en condiciones de asegurar que Pablo no murió en el año 64, sino en el 67.» Si bien, al Apóstol Pedro se le emplaza en este momento, lo cierto es que las persecuciones desde Esteban, no cesarían hasta el mismo destierro, o confinamiento del Apóstol Juan en la isla de Patmos. Los mismos «Padres de la Iglesia», como Clemente, Tertuliano y Orígenes explican la forma en la que fueron martirizados en Roma. En excavaciones realizadas entre 1940-1949 se descubre una necrópolis bajo la basílica de San Pedro, entre las tumbas se encuentran signos cristianos, con la posibilidad de que allí fuesen enterrados algunos de mártires de la iglesia, además del apóstol Pedro[7].

El primer apóstol, que moriría por su fe en Cristo, sería Santiago el Mayor, dejando constancia de ello, la misma Biblia: «En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan» (Hecho 12:1-2). Pero, lo cierto es que algo similar ocurriría con el resto de los apóstoles; y la historia y las diferentes excavaciones siguen dejándonos evidencia de ello. Invertir nuestras vidas en el servicio al Señor, no supone una pérdida, aunque por ello se tenga que pasar por el maltrato o la muerte; pues, sabemos que Dios nos da una vida eterna, y que en los momentos más críticos somos fortalecidos.

La fortaleza de una iglesia centrada en la Palabra de Dios, traía avivamientos notorios, donde la integridad de la predicación cambiaría la historia del mundo, y aún sigue transformándola. Los perseguidores del tiempo de los apóstoles, dejaron de ser; los imperios también cayeron; y ahora habrá otro tipo de persecuciones; porque la Palabra de Dios no se puede detener, porque es vida y es para vida en Cristo. Hoy debemos de recordar que hay una gran nube de testigos de Cristo, que nos ha precedido (Hebreos 12:1); y que en medio de las dificultades debemos recordar que Dios es también quien tiene el control de todo, y que las palabras de que nos deja el apóstol Pablo son siempre actuales: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» […] «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe puesta en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó así mismo por mí» (Gálatas 2:20).

Notas:

[1] Cf. Pablo Burguess. Los XX siglos del cristianismo.  Terrassa, Barcelona: Editorial Clie, s.d.., pp. 14-22.

[2] Ibidem, p. 14.

[3] Los grandes viajes misioneros se clasifican en tres, aunque, también se suele considerar el de Roma, como un cuarto viaje misionero, a pesar de que este sería impuesto para ser juzgado. Primer viaje: Hechos 13:1-14:28; segundo viaje: 15:36-18:22; tercer viaje 18:23-21:19; Cuarto viaje: 27-28.

QUERO[4] Robert A. Baker. Compendio de la Historia Cristiana. El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1974, p. 14.

[5] Harry R. Boer. Historia de la Iglesia Primitiva. Colombia: Editorial Unilit, 2001, pp. 39-31.

[6] Alfonso Ropero. Mártires y perseguidos: Historia general de las persecuciones (siglo I-X). Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2010, p. 241.

[7] Cf. Ibídem, pp. 190-191.

Autor: Juan Manuel Quero Moreno


© 2021. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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