(Jorge Pastor-Mut, 17/09/2026) | Durante muchas décadas he estado en púlpitos, iglesias, plataformas, juntas denominacionales , foros interdemominacionales, proyectos internacionales y espacios públicos donde hoy estás tú.
Conozco las dificultades de servir al Señor y a la Iglesia en una sociedad de nacional catolicismo y dictadura, y también plural, secularizada y democrática. Conozco las expectativas de nuestras congregaciones, las presiones que vienen de diferentes lugares y la tensión que puede producir intentar ser fieles al Evangelio en medio de una realidad social y política cada vez más polarizada.
Nos encontramos en un tiempo complicado donde nuevas generaciones de evangélicos, y también las viejas, apuestan por posturas radicales de extrema derecha que rayan el nazismo.Pero hay algo que debemos recordar especialmente quienes somos evangélicos en España: somos una “pequeña” minoría.
Bajo mi punto de vista no hemos sido llamados a conquistar el poder, ni a convertirnos en una fuerza política, ni a confundir el Reino de Dios con ningún proyecto nacional, ideológico o partidista. Hemos sido llamados a anunciar a Jesucristo de forma contextualizada a nuestra realidad social y plural. Y precisamente porque somos una minoría, nuestra fuerza no puede depender del poder, de los números, de las instituciones políticas ni de nuestra capacidad de imponer nuestra visión a los demás. Nuestra fuerza debe estar en la verdad del Evangelio, en la integridad de nuestro testimonio y en la credibilidad de nuestras vidas.
Por eso necesitamos preguntarnos: ¿qué clase de Iglesia evangélica queremos ser en la España del siglo XXI? Una Iglesia evangélica como la entiendo, no puede vivir permanentemente mirando hacia fuera para descubrir quién debe decirnos lo que tenemos que pensar, cómo debemos hablar , qué batallas debemos librar y cómo tenemos que evangelizar.
España tiene su propia historia. Es un país configurado con comunidades autónomas, de diversidad cultural y lingüística, de pluralidad política y social. Es una democracia constitucional que reconoce las libertades fundamentales, entre ellas la libertad religiosa y de conciencia. Estamos integrados en la Unión Europea y eso también hay que tenerlo en cuenta. Y dentro de esta realidad existen unas Iglesias evangélicas formadas por cristianos autóctonos y también personas de procedencias, denominaciones, sensibilidades y tradiciones de otros países.
Por eso debemos tener mucho cuidado con la invasión de determinadas corrientes ideológicas y ultra nacionalistas procedentes del exterior que pretenden presentarse como si fueran la voz del cristianismo evangélico mundial, que en realidad no existe.
No lo son. Ningún movimiento político extranjero puede apropiarse de la voz de las Iglesias evangélicas en esta tierra. Ninguna ideología nacionalista puede convertirse en sustituta del Evangelio. Ningún partido político puede hablar en nombre de todos los evangélicos.
Y ningún proyecto político puede recibir automáticamente la legitimidad de Jesucristo simplemente porque utilice palabras como Dios, familia, nación, libertad o valores cristianos.
Nuestra lealtad fundamental no es a una nación, a una bandera, a un partido o a una ideología a una cultura . Nuestra lealtad es a Jesucristo y a su Reino.
Eso no significa que la Iglesia deba permanecer callada ante la realidad social y política. Al contrario. Las Iglesias deben hablar. Debe defender la dignidad de toda persona. Debe defender la libertad religiosa y de conciencia. Debe defender la justicia. Debe acompañar al pobre, al extranjero, al vulnerable y al que sufre. Debe levantar la voz contra el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la violencia y cualquier forma de discriminación, incluida la sexual. Debe defender la vida y la dignidad humana. Debe denunciar la corrupción y el abuso de poder, venga de donde venga. Y debe hacerlo sin convertirse en instrumento de ninguna ideología. Porque el Evangelio no puede ser domesticado por la derecha, ni por el centro, ni por la izquierda, ni por los extremos. Cristo no pertenece a nadie, se basta con quién es.
No necesitamos gritar más fuerte. Necesitamos hablar con mayor claridad. No necesitamos conquistar. Necesitamos servir. No necesitamos imponer. Necesitamos convencer mediante nuestro testimonio. No necesitamos importar guerras culturales. Necesitamos escuchar las heridas reales de nuestra propia sociedad que está sangrando de dolor.
Las Iglesias Evangélicas de España tampoco deberían permitir que otros hablen en su nombre cuando sus discursos, sus actitudes o sus proyectos contradicen el espíritu de Jesucristo. Tenemos que recuperar una voz propia. Una voz evangélica plural.
Una voz profundamente bíblica, pero también profundamente consciente de la realidad en la que vivimos. Una voz que sepa vivir en una sociedad democrática sin intentar destruir las libertades y los logros. Una voz que defienda la libertad religiosa sin pretender que España sea un Estado confesional. Una voz que ame a este país y sus autonomías sin convertir el patriotismo en idolatría. Una voz que valore nuestras tradiciones y cultura sin despreciar a quienes proceden de otros pueblos y culturas. Una voz que pueda dialogar con católicos, judíos, musulmanes, agnósticos, ateos y personas de cualquier otra convicción sin renunciar a nuestra identidad cristiana.
Porque ser una minoría no significa ser una Iglesia silenciosa. Significa que debemos aprender a hablar de otra manera. No desde el poder, sino desde el servicio. No desde la imposición, sino desde la convicción. No desde el miedo, sino desde la esperanza.
No desde el resentimiento, sino desde el amor. No desde la nostalgia de un pasado que nunca fue exactamente como algunos lo imaginan, sino desde la responsabilidad de construir un futuro mejor.
Nuestros púlpitos no pueden convertirse en altavoces de guerras culturales importadas. Nuestras iglesias no pueden convertirse en extensiones de movimientos políticos extranjeros. Nuestros pastores no pueden convertirse en propagandistas de ideologías y de formas excéntricas neo pentecostales o liturgias frías y rutinarias.
Y nuestros creyentes no deberían tener que escoger entre su fe cristiana y su ciudadanía democrática. Podemos ser profundamente evangélicos y profundamente respetuosos con la democracia. Podemos defender nuestras convicciones sin negar las convicciones de los demás. Podemos anunciar la verdad sin utilizarla como arma. Podemos defender la familia sin despreciar a quienes viven realidades familiares diferentes. Podemos hablar de moralidad sin convertirnos en jueces arrogantes. Podemos defender la libertad social para nosotros y, al mismo tiempo, defenderla para quienes creen de manera diferente. Y podemos respetar a las autonomías sin pensar que Dios pertenece exclusivamente a un nacional conservadurismo.La Iglesia de Jesucristo es mucho más grande que cualquier nación. Por eso, pastores, líderes y creyentes evangélicos, no permitamos que otros definan quiénes somos.
No dejemos que voces ultra nacionalistas autóctonas o importadas hablen en nuestro nombre. No confundamos cristianismo con nacionalismo. No confundamos patriotismo con fidelidad a Jesús. No confundamos conservadurismo político con ortodoxia bíblica.
Y tampoco permitamos que quienes piensan de manera diferente a nosotros nos hagan abandonar nuestras convicciones. Tenemos una voz. Una voz que nace del Evangelio. Una voz que debe ser libre. Una voz que debe ser compasiva. Una voz que debe ser profética. Una voz que debe defender al débil y confrontar al poderoso cuando sea necesario. Una voz que debe recordar a nuestra sociedad que la libertad, la justicia, la dignidad y la verdad no son enemigos de la fe cristiana. Al contrario.
Y quizá nuestra mayor oportunidad como evangélicos, no sea conseguir más poder, sino demostrar qué puede aportar una minoría cristiana cuando aprende a vivir su fe con humildad, valentía, inteligencia , servicio y amor emanado del Evangelio . No necesitamos gritar más fuerte. Necesitamos hablar con mayor claridad. No necesitamos conquistar. Necesitamos servir. No necesitamos imponer. Necesitamos convencer mediante nuestro testimonio. No necesitamos importar guerras culturales. Necesitamos escuchar las heridas reales de nuestra propia sociedad que está sangrando de dolor.
Y, sobre todo, necesitamos volver a preguntar: ¿Por qué comenzamos este camino?
¿Fue para conseguir influencia? ¿Fue para defender una ideología? ¿Fue para construir una identidad nacional cristiana? ¿O fue porque un día nos encontró Jesucristo y descubrimos en Él la verdad, la gracia y una esperanza que queríamos compartir con los demás? Si fue lo último, entonces no perdamos este mensaje y hagámoslo oír de forma que no sea religiosa sino auténtica, social, espiritual y comprometida .
Necesitamos ser una Iglesia evangélica que no tenga miedo de ser minoritaria y sí comprometida con las enseñanzas del Maestro. Una Iglesia que no necesite disfrazarse de poder para sentirse relevante. Una Iglesia que pueda decir con serenidad: Somos evangélicos. Somos españoles. Somos europeos, Somos ciudadanos de una democracia plural. Defendemos la libertad y la dignidad de todos. Y, por encima de todo, pertenecemos a Jesucristo y proclamamos su mensaje redentor y transformador .
El domingo se acerca. Volvamos a vivir junto a la gente. Volvamos a nuestros púlpitos. Volvamos a nuestras iglesias. Volvamos a nuestras comunidades. Volvamos a nuestros locales sencillos y humildes, pero llenos de convicción y de fe en el Autor de la fe .
Y hablemos. Pero hagámoslo con la verdad de Cristo en nuestros labios, la libertad en nuestra conciencia, la justicia en nuestro corazón, la salvación de nuestra alma y el amor a Dios y al prójimo, como nuestra única arma.
Autor: Jorge J. Pastor-Mut
Dénia, septiembre de 2026




