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SU PALABRA: VIDA ABUNDANTE / JUAN MANUEL QUERO

Felices los que lloran

Imagen tomada del libro de Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Vida abundante»

«Jesús es la respuesta a las lágrimas de esta humanidad».

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. (Mateo 5:4)

(Juan Manuel Quero, 04/09/2026) | Las lágrimas, ese líquido transparente que frecuentemente corre por nuestras mejillas, llevan también la impronta de un Dios que nos ama. Los ojos no podrían funcionar sin lágrimas; el dolor por la sequedad ocular sería insoportable, y la visión la perderíamos. El ojo depende de ellas, pues dan limpieza, lubrican, aportan nutrientes, oxígeno, y además, eliminan bacterias.

Las lágrimas son símbolo de consuelo y de ternura. No son el dolor, son enviadas para que el sufrimiento sea aliviado. Se habla también de las lágrimas del alma, las que caen por dentro, y yo diría que son las que se ponen también delante de Dios; estas también traen nutrientes a nuestro espíritu y nos limpian.

Lo que realmente parece una paradoja, conlleva una realidad profunda. Si bien es cierto que las lágrimas tienen que ver con el sufrimiento. Nadie busca las lágrimas porque aquí resida la felicidad. Estas aparecen en momentos complicados de la vida:

  • Cuando hay pecado. No hacer la voluntad de Dios también trae lágrimas, y estas tienen una solución difícil, porque Dios no está ahí.
  • Lágrimas en el dolor de la enfermedad. Un dolor de muelas produce que se caiga una lágrima.
  • Lágrimas de decepción. Cuando nuestra esperanza está puesta en algo determinado, y esto parece frustrarse también aparecen.
  • En la separación de alguien que amamos. Cuando se marcha a otro lugar.
  • En la muerte. Cuando sabemos que físicamente no veremos más a alguien.

Los argumentos y los consejos se ofrecen en el intento de la ayuda, pero nada podrá sustituir una simple lágrima. Podemos ver cómo aparecieron en momentos especiales en los sucesos bíblicos. Los profetas lloraban también, como vemos de forma poética en el Salmo: «Ríos de agua descendieron de mis ojos porque no guardaban tu ley». (119:136). Jesús también lloró (Lucas 19:41).

En tiempos de Jesús había un recipiente donde se guardaban las lágrimas, como una especie de tesoro. Este era el lacrimatorio. Las lágrimas son portadoras de felicidad cuando las ponemos delante de Jesús, como hizo aquella mujer pecadora: «Y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.» (Lucas 7:38). Derramó su valioso perfume de nardo y sus lágrimas caían a los pies de Jesús.

Derramar nuestras lágrimas delante de Dios supone felicidad porque también implican dirección. Jesús es la respuesta a las lágrimas de esta humanidad. Aun en las cosas buenas se llora, porque este mundo está configurado así, y aun lo bueno es complicado vivirlo: «Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.» (Salmo 126:6). Quizás Dios también pueda hacernos llorar en algún momento, pero este llanto es para arrepentimiento y para producir salvación en nuestras vidas: «Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.» (2ª Corintios 7:10).

El consuelo es la obra de Dios. Pero este no es el medio que el hombre quiera, sino lo que Él tiene para nosotros. En la antigüedad, en Oriente, existía una especie de empresa de plañideras; estas eran mujeres que cobraban solamente para ir a llorar con la familia que perdía a un familiar, porque esto dignificaba. Hoy las empresas fúnebres tienen este papel de plañideras; aunque algunas, a pesar de lo que cobran, lo hacen bastante mal. Te ponen músicos, desayuno, un salón confortable… etc., pero esto, aunque ayude en algo, no es lo que trae consuelo.

El alivio de la pena es dado por personas que lloran con los que lloran. La palabra de Dios dice que, “si hay algún aliento o consuelo en Cristo, completad mi gozo sintiendo, pensando lo mismo” (Filipenses 2:1-2). Este aliento viene especialmente cuando en Cristo somos una familia, estando unidos, acercándonos también ante las desgracias o las crisis. Es triste ver a personas que en estos momentos están bastante solas. Pero, aun acercándote en esos momentos, aunque ayude algo, no será igual a lo que podemos ofrecer cuando hay una amistad, una relación fraternal. El abrazo de un familiar, amigo o alguien querido es diferente al de un desconocido.

La Palabra de Dios también trae alivio a nuestras vidas, pero ocurre como en el anterior punto. Esto se da cuando realmente ya tenemos la madurez de leer las Escrituras. Si no nos alimentamos espiritualmente en los momentos críticos, cuando estos llegan, lo tendremos más complicado, y estos momentos no avisan. El Salmo 119 nos habla de ello. En el versículo 81 dice: «Desfallece mi alma en espera de tu salvación; en tu palabra he puesto mi esperanza».

Como creyentes, también recibimos aliento de Dios, del Espíritu Santo, del que nos dice la Biblia que es nuestro Consolador. Él nos dará testimonio de Cristo, y nos enseñará y recordará lo que realmente traerá alivio a nosotros: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.» (Juan 14:26; 15:26).

El cielo para el creyente también trae ánimo y esperanza. Esto se da en el presente, pues en medio de un mundo de inseguridades, nosotros sabemos que tenemos una salvación segura y que lo que nos espera es lo mejor. Allí no habrá llanto ni dolor. Cuando un día lleguemos doloridos, allí Dios enjugará, secará toda lágrima y ya no habrá más llanto. Esto trae aliento para todos: «Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.» (Apocalipsis 21:4).

El llanto forma parte también de nuestras vidas, aunque prefiramos que no se nos note, o que no nos vean en ese momento. Recordemos que Dios lo ha puesto para aliviarnos y para llamar la atención del que está cercano.  Dios alivia nuestra carga en Cristo, y el Espíritu Santo es aliento a nuestra vida (Mateo 11:28).

También hay una familia en Cristo con la que tenemos que encontrar apoyo. En monumentos críticos, la iglesia ha de estar cercana. Dios quiere enjugar toda lágrima; pero para ello es importante tener una vida en Cristo. Si la muerte de Jesús puede representar el llanto, la resurrección representa el consuelo y la esperanza.

(Este es uno de los temas que se encuentran en el libro publicado por Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Vida abundante»).

Fuente: Juan Manuel Quero - septiembre 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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