(Jorge Fernández, 03/06/2026) | El predicador avanzó con paso firme hacia la plataforma, en medio de los aplausos de bienvenida de la multitud que colmaba el auditorio y que seguía encendida de entusiasmo tras el extraordinario tiempo de alabanza. Necesitó entrecerrar los ojos ante el impacto de los focos que le impedían ver más allá de las primeras filas.
—Estoy muy feliz y agradecido por poder predicar el evangelio en esta bella ciudad, dijo, mientras colocaba su Biblia y sus notas sobre el atril. —Estoy aquí para deciros que Cristo murió en la cruz y resucitó al tercer día para el perdón de nuestros pecados y para que tengamos vida eterna con Dios. Porque Dios te ama y quiere perdonarte, no importa cuán grande sea tu pecado. Todos somos pecadores.
—¡Amén! ¡Aleluya!, respondió la multitud unánime.
—En unos minutos voy a darte la oportunidad de recibir a Cristo como tu salvador a través de una oración de arrepentimiento y fe, pero déjame primero que te diga algo: la Biblia dice que todos hemos pecado y estamos excluidos de la gloria de Dios. Pero, ¿qué es el pecado?
—Adorar ídolos es pecado. Déjame que te diga cuál es el ídolo más universalmente adorado en toda la tierra: El dios Dinero. Millones de personas sacrifican cada día su salud, su familia, su fe, su integridad, su reputación y su vida entera, en el altar del dios Dinero. Hombres y mujeres. Ricos y pobres. Los pobres, porque lo ansían desesperadamente, y algunos gastan lo que no tienen en lotería y apuestas con la vaga ilusión de conseguirlo. Los ricos, porque siempre quieren más; son insaciables. La Biblia dice que “el que ama el dinero nunca se saciará de dinero”[1]. También dice que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”.[2] Y que la avaricia es idolatría.[3] Piénsalo. ¿Amas el dinero? Eso es idolatría. Es transgredir el primer mandamiento.
Se escucharon algunos amenes y glorias a Dios entre la concurrencia, que en su mayoría eran personas de condición humilde.
—La codicia es pecado. La cultura de este mundo glorifica a las personas competitivas y ambiciosas. ¿Estás obsesionado con tener más y más? ¿Quizás eres un empresario que explota a sus trabajadores? ¿O eres un inversor que compra viviendas para especular, aprovechando economías en banca rota o la vulnerabilidad de los demás? ¿Sabes lo que dice la Biblia acerca de eso? “¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?”.[4]
Ahora los amenes disminuyeron, y se oyó cierto murmullo de incomodidad en la zona VIP del auditorio.
—¿Y qué hay del sexo? La Biblia nos dice que Dios creó el sexo para la procreación y para que el hombre y la mujer se expresen el amor en una relación íntima y exclusiva: el matrimonio. Te pregunto, hombre: ¿has sido fiel a tu esposa? Y tú, esposa, ¿has sido fiel a tu marido? El adulterio es pecado. Según algunos estudios, además, este país es el primero del continente y el tercero del mundo en consumo de prostitución. ¡Qué vergüenza y qué escándalo! Y las estadísticas dicen que cuatro de cada diez varones han pagado por mantener relaciones sexuales alguna vez en su vida. ¿Eres uno de esos cuatro varones, amigo? ¿Y qué me dices de la pornografía? ¿Has consumido o consumes pornografía? ¿Sabes que, cuando consumes pornografía, no solo estás haciéndole daño a tu alma y pecando contra Dios, sino que estás siendo cómplice de las mafias y copartícipe necesario de la trata de mujeres y niñas víctimas de explotación sexual? ¡Cómo lo oyes! Estás siendo también un prostituidor.
—La Biblia también dice “no matarás”. Pero Jesús nos enseña sobre ese mandamiento que cualquiera que se enoje contra su prójimo o lo insulte, será culpable de juicio y será condenado por homicidio. ¿Has odiado, despreciado o insultado a alguien por su raza, costumbres culturales o condición social? ¿Tal vez por sus creencias religiosas, ideas políticas o por su orientación sexual? La Biblia enseña que el odio y la acepción de personas son pecados graves a los ojos de Dios. ¿Eres una persona violenta? ¿Has sido autor de violencia física o verbal contra alguien? ¿Contra tu esposa o hijos? ¿Contra un empleado o subordinado? ¿Has hecho bullying, acoso laboral o sexual a alguien? ¿Has contribuido al linchamiento mediático o al suicidio de alguien con tu comportamiento en las redes sociales? ¿O, tal vez, has justificado o banalizado guerras y matanzas donde cada día mueren miles de personas y niños inocentes?
Desde el fondo de la sala alguien gritó:
—¡Y el aborto!
—Sí, también el aborto es un pecado grave —respondió—, pero hay muchos aquí que han matado según los criterios de Jesús, sin haber abortado jamás. No quiero que os distraigáis de vuestro propio pecado, ni minimicéis su gravedad.
Entonces la sala quedó en silencio. Muchos lloraban. Algunos hombres se postraban en el suelo, abatidos por el peso de sus conciencias. Incluso un periodista crítico, que había asistido para confirmar sus prejuicios contra los evangélicos, lloraba pidiendo perdón a Dios.
El propio predicador se conmovió hasta las lágrimas y ya no pudo continuar con su prédica. Supo enseguida que el Espíritu Santo estaba impactando los corazones con un sentimiento de profunda convicción de pecado. Sentía su corazón latir con fuerza… Agitado, entre suspiros, solo alcanzó a susurrar:
—Dios te ama… Dios te ama… si te arrepientes de corazón, no importa cuán grande haya sido tu pecado… Dios te ama y desea perdonarte… Dios te ama… te ama…
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Se despertó agitado y sudoroso, enroscado en las sábanas de la amplia cama de aquel hotel donde se hospedaba. Miró la hora en el reloj pulsera que le habían regalado sus compañeros del comité ejecutivo cuando cumplió los 60. “Tengo que darme prisa”, pensó. Se afeitó, se dio una ducha rápida. Y mientras se anudaba la corbata contempló su rostro en el espejo. No había lágrimas en sus ojos, pero su corazón seguía en un puño, profundamente afectado por ese sueño del que acababa de despertar.
Miró su Biblia de dorado canto sobre la mesilla, junto a la cama, y el cuaderno de notas con el bosquejo del sermón que había preparado para esa noche. “Estoy a tiempo de hacer algún cambio”, se dijo. Pero volvió a mirar el Rolex en su muñeca y recordó que, a esas horas, en el lobby del hotel ya debían estar esperándole el acaudalado presidente de la Asociación de Hombres de Negocios, que tanto dinero había donado para sus campañas; la presidenta de la Asociación Antiabortista “No matarás”; y el CEO de la Asociación Cristiana de Políticos Decentes (ACPD).
“Llego tarde”, pensó, mientras abandonaba el cuarto con pasos apresurados, sin darse cuenta del hondo sentido metafórico de lo que acababa de pensar: ya era tarde para ser el predicador que pudo ser…
[1] Eclesiastés 5:10
[2] 1 Timoteo 6:10
[3] Colosenses 3:5
[4] Isaías 5:8




