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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Confesiones de fe – Prolegómenos. El Credo apostólico

Una vez culminada su elaboración, el Credo resume las creencias esenciales del cristianismo, incluyendo la fe en Dios Padre, en Jesucristo y en el Espíritu Santo, así como la resurrección de los muertos y la vida eterna, algo que apunta al hecho de que esa elaboración final lo sitúa en el siglo IV, posterior al inicio de la etapa conciliar, una vez concordada la doctrina tridentina con todo su alcance.

(Máximo García Ruiz, 15/07/2026) | En el tránsito producido desde sus inicios en Jerusalén como una secta judía, cuyo fundador había muerto crucificado mientras sus discípulos visibles apenas si superaban la centena, el grupo conocido como “los del Camino” experimentó un crecimiento exponencial deslumbrante, primero entre colectivos judíos de la diáspora y progresivamente entre sectores de población gentil, de manera muy notoria entre miembros del propio ejército romano.

Entre esos núcleos cristianos no faltaron maestros que se encargaron de instruir a los neófitos en la nueva doctrina, entre los que destacó, aparte de los propios apóstoles, el converso Pablo de Tarso.

Atender doctrinalmente a los nuevos colectivos de creyentes, procedentes de ámbitos culturales y sociales muy diferentes, pronto se mostró como una necesidad de primer orden; una necesidad que se hizo urgente de ser atendida, ya que la falta de definiciones teológicas propiciaba el surgimiento de herejías ajenas a las enseñanzas del Fundador, como serían, entre otras, el gnosticismo y el arrianismo.

El objetivo básico de los catequistas consistía en definir y confesar la fe en Jesucristo. De esa forma fueron surgiendo formulaciones concretas definidas unas veces como credos, otras como símbolos o, a veces, simplemente confesiones de fe, que servirían de guía para asentar la propia fe y como medio de propagarla a otras personas.

Por lo regular, las primeras confesiones de fe estuvieron vinculadas al acto del bautismo, formando ambos el testimonio formal de la incorporación a la Iglesia. Mientras se efectuaba el ritual del bautismo, el catecúmeno recitaba el credo como testimonio público de su fe y su identificación con la iglesia de Jesucristo.

El credo es, por consiguiente, una declaración de creencias o aceptación de la revelación divina; un reconocimiento personal de confianza en Dios, es decir, una declaración de fe que devino en algo importante para la instrucción de catecúmenos y en un medio necesario para la contención de herejías tan frecuentes en los siglos II y III. Recitar el Credo vino a ser una prueba de ortodoxia a la que eran sometidos los nuevos creyentes.

Nos ocuparemos básicamente del conocido como Credo de los apóstoles, dada la relevancia histórica y sentimental que tiene. Los argumentos y reflexiones de tipo general dedicados al Credo apostólico sirven, igualmente, para justificar la existencia de otros credos posteriores, fruto del desarrollo histórico que vive la Iglesia y ajustados, por consiguiente, a las circunstancias y demandas de cada época, causa por la que vamos a prestar atención también a las confesiones de fe más relevantes.

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El Credo apostólico

Aunque se trate de una obviedad para los lectores familiarizados con el texto bíblico, debemos recordar que, durante esa primera etapa del cristianismo, es decir, los tres primeros siglos, a la que hacemos referencia prioritariamente en este escrito, no existía el Nuevo Testamento propiamente dicho, salvo algunas cartas de apóstoles, sobre todo de Pablo, enviadas a determinadas congregaciones que, con toda probabilidad, circulaban de unos a otros colectivos de creyentes, a las que hay que añadir los relatos sobre la vida de Jesús en formato de evangelios escritos a partir de recuerdos y algunos apuntes previos a los que los evangelistas fueron dando forma.

Esos escritos servían de instrucción y ayuda para situaciones concretas y, dada la autoridad de aquellos a quienes se atribuía su autoría, gozaron desde el principio de un gran prestigio; servirían para extraer de ellos mucha de la información que dio origen al conocido como Credo apostólico, aunque no fuera concebido ni elaborado por los apóstoles.

Así, pues, podemos afirmar que no existe ninguna evidencia documental de la existencia de un posible Credo elaborado por los apóstoles, como documento definitivo que sintetizara la fe comunitaria.

Aparecen las primeras referencias a un documento incipiente semejante, en el siglo III, fruto de un proceso evolutivo de la Iglesia primitiva durante ese tiempo, si bien la doctrina referida a la cristología y a la trinidad, los dos baluartes de la fe cristiana habrían de esperar hasta el Concilio de Nicea (325) y siguientes para ser formulados, por lo que se trataría de un credo en proceso de elaboración.

El Credo, Símbolo de los apóstoles o fórmula tridentina, diferentes nombres por los que es conocido, se muestra vinculado, por lo regular, al bautismo, como parte integral del rito, sin que pueda atribuírsele, como ya hemos indicado, una fecha concreta a su origen. Una leyenda que acompaña su proceso evolutivo recogía la idea de que el Credo había sido elaborado por los apóstoles, habiendo escrito cada uno de ellos un artículo.

Una vez culminada su elaboración, el Credo resume las creencias esenciales del cristianismo, incluyendo la fe en Dios Padre, en Jesucristo y en el Espíritu Santo, así como la resurrección de los muertos y la vida eterna, algo que apunta al hecho de que esa elaboración final lo sitúa en el siglo IV, posterior al inicio de la etapa conciliar, una vez concordada la doctrina tridentina con todo su alcance. 

Texto del Credo de los apóstoles:

Creo en Dios Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo
y nació de la Virgen Maria.
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.
Fue crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucitó de entre los muertos.
Subió a los cielos,
y está sentado a la diestra de Dios Padre.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurrección de los muertos,
y la vida eterna. Amén.

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Contenido de esta serie:

            Prolegómenos

            I.- El Credo apostólico

            II.- Confesiones de fe históricas

Fuente: Máximo García Ruiz - julio 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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