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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Confesiones de fe históricas

Interior de una iglesia en Augsburgo, Alemania / Foto de Lexi Laginess en Unsplash

En el conjunto de estas formulaciones de fe, de las que se nutre la cristiandad, está reflejada la espiritualidad de la Iglesia cristiana en general y de las iglesias protestantes-anglicana en particular. Son nuestra memoria histórica.

(Máximo García Ruiz, 22/07/2026) | Las confesiones de fe llegarían a ser un referente necesario para la Iglesia conciliar; recobran un valor de primer orden para la Reforma, especialmente a partir de la de Augsburgo (1530), que reivindica la restauración de la sana doctrina más allá de la involución doctrinal que había sufrido la Iglesia medieval después del cisma Oriente-Occidente (1054).

Todas las confesiones de fe fundamentan su autoridad en la Biblia al tratar de fijar en ella, en su globalidad, los elementos básicos de la fe cristiana.  Por lo regular las confesiones de fe salen al paso de las posturas sectarias que elevan a la condición de absoluto verdades parciales; tratan de ser un vínculo de unión entre las diferentes expresiones cristianas; así ocurre también en los llamados concilios ecuménicos y así, igualmente, en lo que a la Reforma del siglo XVI se refiere, con la Confesión de Augsburgo principalmente y, posteriormente, las derivadas de la Reforma Radical y del anglicanismo.

Otro factor importante de las confesiones de fe es el papel que juegan al conectar la Iglesia de hoy con la iglesia apostólica en sus diferentes y más sobresalientes hitos históricos. Con sus virtudes y defectos, los protestantes de hoy son herederos de la Reforma y la Reforma es, a su vez, heredera de la Iglesia conciliar, así como ésta lo es de la Iglesia apostólica.

Existe un hilo conductor, un soplo del Espíritu, un testimonio ininterrumpido, en ese largo recorrido que ha llevado a cabo la Iglesia cristiana a través de los veinte siglos transcurridos; una iglesia plural, contradictoria a veces, infiel otras, es cierto, pero, a fin de cuentas, de esa historia bebemos y nos nutrimos todos los cristianos, porque representa nuestros propios ancestros.

La Reforma no “inventa” una nueva iglesia, como tampoco lo hizo Trento. Ambas expresiones eclesiales, además de las iglesias orientales, han seguido caminos divergentes en muchas cosas, pero todas proceden de un solo tronco que pasa por los símbolos[1] de Atanasio (296-373) y el de Nicea (325) además del conocido como “de los apóstoles”. Lo que sí es importante, y no conviene olvidar, es que la Reforma establece una jerarquía, un rango que la distingue de la Iglesia medieval. Todas las confesiones de fe, todo tipo de tradición y cualquier formulación doctrinal, tiene que estar subordinada a la autoridad suprema de la Biblia, reconocida como Palabra de Dios.

Junto a la de Augsburgo (1530), que fue la primera de la etapa reformada, hay otras confesiones proclamadas ya en el ámbito de las Reforma. Son: la Confesión de Scheleitheum (1527); Los Treinta y nueve artículos de la fe, anglicana (1531); la Ginebrina (1536); la Helvética (1536 y 1566); la Gálica (1559); la Belga (1561); la Escocesa (1560 y 1581); el Catecismo de Heidelberg (1562); los Cánones de Dort (1619); o la Confesión de Westminster (1647).

A partir del siglo XVII, surgirán otras confesiones de iglesias particulares: congregacionalistas, bautistas, presbiterianos, cuáqueras, episcopales, puritana, las derivadas de los movimientos pentecostales ya en el siglo XIX y otras más, todas ellas con el propósito de fijar la doctrina desde las perspectiva y énfasis doctrinales de cada una de esas denominaciones, confesiones o corrientes cristianas.

En el conjunto de estas formulaciones de fe, de las que se nutre la cristiandad, está reflejada la espiritualidad de la Iglesia cristiana en general y de las iglesias protestantes-anglicana en particular. Son nuestra memoria histórica. La memoria de una Iglesia que ha pasado por fases muy diferentes, que ha puesto su énfasis en doctrinas distintas (filioque[2], trinidad, sucesión apostólica, bautismo, santidad, juramento, segunda venida, sana doctrina, bautismo del Espíritu, ética, sanidades, etc.), pero que ha permanecido a través de los siglos proclamando que Jesucristo es el Hijo de Dios y que únicamente en Él hay vida eterna.

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Contenido de esta serie:

            Prolegómenos

            I.- El Credo apostólico

            II.- Confesiones de fe históricas


[1] “Símbolos”, equivalente aquí a “Credos”

[2] “Y del Hijo”, disputa entre cristianos occidentales y orientales en el Concilio de Nicea en torno a la Trinidad.

Fuente: Máximo García Ruiz - julio 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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