Muchos de los libros que integran la Biblia muestran el propósito central de revelar la imagen de “un Dios vivo” (cfr. Jueces 8:19, 1Reyes 17: 1 y 1Samuel 17:26-36) que se relaciona con su pueblo generación tras generación (cfr. Deuteronomio 6:20-25), lo cual nos autoriza a afirmar que, en su conjunto, la Biblia es un libro de religión que busca establecer un puente de comunicación entre Dios y los seres humanos. El mensaje es que en la medida en la que nos acercamos más a la Biblia, más nos acercamos a Dios.
Uno de los propósitos de los autores de la Torá o Pentateuco es fijar los orígenes del pueblo bajo la dirección de Dios, aunque en el relato histórico se remonte a Abraham, incluso se establezca una línea genealógica hasta pretender conectar con el origen de los tiempos, reformulando de esa forma una cosmología propia apoyándose en las tradiciones que arrastran desde sus ancestros caldeos, arameos y egipcios.
Se trata de relatos que reivindican para Israel su configuración como pueblo a partir de los patriarcas. De ser un clan errante se convierte, habitando en tierra egipcia, en una comunidad con intereses comunes, aunque termine cayendo en la esclavitud. En el desierto, reafirma su propia identidad, que le permite determinar de dónde viene y hacia dónde se dirige. “Mi padre era un arameo errante”, confiesa el autor del libro de Deuteronomio (26:5b).
Una vez establecidos en la tierra de Canaán, un territorio arrebatado a sus pobladores originarios en unos casos o compartido, en otros, se hace necesario establecer los fundamentos históricos y jurídicos de ese conjunto de tribus con vocación de ser una nación, que no sólo justifique sus acciones guerreras sino que les reafirme como pueblo con identidad propia; y así van surgiendo los relatos recogidos en los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, formando todos ellos, junto a los de Josué, Jueces y otros de corte histórico, el corpus histórico y jurídico sobre el que terminará configurándose la nación hebrea y, con posterioridad al cautiverio, la religión judía, mediante la Nueva Alianza.
El resto de libros de la Biblia, los Escritos y los Profetas, irían surgiendo en función de ese proceso en el que salvo en periodos muy cortos y por lo general escabrosos, se reconfigura el concepto de pueblo más que de nación o estado; un pueblo cuya identidad terminará respondiendo más que al aspecto racial o nacional, al religioso. Figuras emergentes como Jeremías y Ezequiel jugarán un papel importante en la restauración de la identidad perdida, recuperando y restaurando el orgullo de sentirse un pueblo escogido por Dios.
Esas y otras razones nos indican que es preciso tener una visión clara de lo que es y de lo que no es la Biblia. Y comenzar aclarando que la Biblia no es un conjunto de escritos entregados directamente por Dios o, en su caso, por un ángel emisor, como creen los musulmanes que ocurre con su libro sagrado. Convertir la Biblia en un código cerrado de normas literalmente ordenadas por Dios, palabra a palabra, de forma atemporal, sin aplicar los necesarios criterios de interpretación, y hacerlo de una manera acrítica, fuera del contexto histórico y social en el que se producen, es fuente de fanatismos y formulaciones teológicas ajenas al sentido holístico de las Escrituras.
Por el contrario, cuando la lectura de la Biblia toma en cuenta los procesos históricos y los somete a un análisis crítico, mediante una hermenéutica desprovista de apriorismos y condicionantes confesionales, capaz de trasladar la acción que narra el texto bíblico a nuestro contexto histórico, se torna en una lectura profética para el tiempo en que vivimos. Porque, a fin de cuentas, el resultado perseguido no es “leer la Biblia”, sino interpretar y aplicar lo leído.
El problema de los fanatismos militantes es confundir la devoción a Dios con la devoción y sometimiento a la Biblia, que se convierte de esa forma en un objeto en sí mismo, más que en un medio para encontrarse con Dios. Se ha definido por parte de algunos teólogos esta forma de aproximación a la Biblia como bibliolatría.
Desde otra perspectiva podemos decir que la Biblia trata de Dios en relación con el hombre. Según las propias evidencias internas, la Biblia se presenta como el medio a través del cual Dios se revela al hombre para que éste le conozca y, como acción derivada, se conozca a sí mismo. La tesis general que se percibe en el texto bíblico es que el ser humano sólo puede llegar a conocerse a sí mismo, cuando conoce realmente a Dios; de ahí la idea de ser hecho a imagen de Dios (imago Dei).
El nudo gordiano de ese reconocimiento frente a la imagen de Dios es descubrir que el ser humano ha caído, se ha desprendido de Dios y le es necesaria una forma de reconciliación y de restauración, tarea que en el Nuevo Testamento le es atribuida a Jesús de Nazaret. Éste es el hecho antropológico que subyace en la Biblia, planteado desde una reflexión teológica, lo cual no nos exime de seguir planteando la pregunta que da sentido a este escrito: ¿qué es la Biblia?
*****
Contenido de esta serie Claves para entender la Biblia:
Prolegómenos
I. Conjunto de libros
II. Libro de religión
III. Palabra de Dios. Fe y razón
IV. La comunidad de creyentes




