(Máximo García Ruiz, 24/09/2026) | [1]Otro elemento de atención importante, en este caso referido a los evangelios, es el concepto reino de Dios o reino de los cielosal que Jesús hace referencia de forma recurrente que, si bien encaja dentro del terreno teológico propiamente dicho, plantea igualmente la necesidad de interpretar conceptos y giros de una cultura en otra muy diferente. ¿A qué estaba aludiendo Jesús cuando habla del reino de los cielos o enfatiza que “el reino de Dios está entre vosotros”? ¿Qué entendía Jesús por reino de Dios? Es cierto que Dios ha sido concebido como rey, más aún, como rey de reyes, pero en los evangelios el reino de Dios parece más bien identificarse con su propia presencia y acción entre los hombres.
El Bautista lo anuncia y afirma que “se ha acercado” (Marcos 1:15) exigiendo, con tal motivo, arrepentimiento; en boca de Jesús se dice que ya está entre vosotros (Lucas 17:21); y, con la oración modelo, enseña a pedir “venga tu reino”. En los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) el uso de esta alocución es amplísimo, aunque con intensidad diferente; en Juan, el evangelio de la reflexión teológica, escrito ya en el seno de unas iglesias con una historia acumulada en torno al medio siglo, las dos únicas referencias que se hacen al reino de Dios son para indicar las dificultades de “acceder” a él, como un lugar ajeno, distinto al espacio en el que habitamos. “…El que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios. […] El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3: 3 y 5). Y en Juan 18:36, se afirma tajantemente: “Mi reino no es de este mundo”.
Volvemos a la pregunta: ¿qué entendía Jesús por reino de Dios? O, si se prefiere, ¿cómo fue evolucionando este concepto en el seno de las comunidades cristianas, hasta llegar a la más elaborada percepción que muestra el tardío evangelio de Juan? En los evangelios sinópticos se utilizan cinco figuras, por medio de cinco parábolas, para intentar explicar lo que es el reino de Dios o reino de los cielos. Veamos.
- Mateo 13:44. “… el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un camino, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello, va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”.
- Mateo 13:45,46.“…el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que, habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró”.
- Marcos 4:26-29.“… Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra, y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, enseguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado”.
- Marcos 4:30-32.“… ¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o con qué parábola lo compararemos? Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra”.
- Lucas 13:20-21.“… ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado”.
Una vez más Jesús acude a la parábola o a la metáfora para enseñar a los discípulos el sentido último de su mensaje; en este caso, nos fijamos en la parábola del buen samaritano (cfr. Lucas 10:30-37). Jesús ve el reino de Dios en la compasiónde un odiado samaritano;una persona que no es sacerdote, ni levita, ni asiste a los servicios del Templo, ni siquiera pertenece al pueblo de Israel. En pocas palabras, es un enemigo. Jesús rompe con la tradición más ortodoxa: los buenos israelitas no podían relacionarse con gente impura. Tanto el sacerdote como el levita cumplen fielmente con la enseñanza de los rabinos intérpretes de las Escrituras, pero Jesús introduce un elemento nuevo, distorsionante: la compasión, que no llega de la mano de los amigos, sino de los enemigos.
Se trata de una relectura desconcertante. Frente a la rigidez de una justicia inmisericorde, Jesús establece el nuevo paradigma de la compasión y la misericordia altruista y generosa. Una vez más, la relectura de la historia y de las normativas bíblicas puede causar una revolución y un desafío. El resumen de la relectura que Jesús muestra a través de esta parábola, como exigencia del reino de Dios, es que hay que ser compasivos como el padre acogedor, como el samaritano misericordioso.
En realidad, las parábolas son, en el fondo, una relectura de las enseñanzas y normas vertidas en el Antiguo Testamento. Jesús se enfrenta a la mentalidad sectaria y excluyente de los judíos de su tiempo, mostrando una exégesis que a ellos se les antoja herética. La parábola de la oveja perdida y de la moneda perdida (cfr. Lucas 15:4-6, Lucas 15:8,9), muestran que para entrar en el reino de Dios es necesario que todos sientan como suya la preocupación de Dios por los perdidos y su alegría al recuperarlos.
En definitiva, la lectura de las Escrituras que hacen los rabinos es excluyente de todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel, mientras que Jesús hace una lectura diferente, una lectura universal de acogimiento. Jesús se identifica con el reino de Dios y, consecuentemente, reinterpreta el concepto “el Dios de los justos” como “el Dios de los que sufren”; un Dios que sana en lugar de un Dios que castiga.
En el segundo Libro de Samuel 5:8 se dice: “Ciego ni cojo no entrarán en la casa”. Sobre la lectura de este y otros textos semejantes, los seguidores de la comunidad del Qumrán elaboran la normativa siguiente: “Quien no ve ni oye no sabe practicar la ley de Dios”. Jesús hace una nueva lectura de esos textos y enseña que Dios es ante todo el Dios de los que sufren el desamparo y la exclusión y recibe a los cojos, a los ciegos, a los sordos… para darles sanidad. Él dice a todos, sin distinción: “Venid, benditos de mi padre” (Mateo 25:34).
Para Juan se trata de un tema teológicamente ya asimilado por la comunidad cristiana, por lo que no le presta una atención especial. Y, a partir de ahí, se identifica el reino de Dios con Jesús resucitado, una concepción escatológica, equiparada con la vida del mismo Jesús; un premio, un destino, para aquellos que creen en Jesucristo.
El mensaje de la Iglesia bascula entre dos conceptos básicos: el Evangelio, equivalente a “buenas nuevas” y el reino de Dios, expresión que recoge el estado de bienestar espiritual de quienes han creído en Jesucristo, algo que se identifica con el paraíso, cuyo significado, desde el uso que de esta palabra hizo Jenofonte (431-354 a. C.) en su Anábasis,se relaciona con jardines preciosos y bien arreglados, aludiendo en este caso al Jardín del Edén, al que se accede o regresa después de la muerte.
Si buscamos una síntesis del Evangelio, llegamos a la conclusión de que Jesús centra su actuación en dos tareas fundamentales: anunciar la buena noticia del reino de Dios y curar las enfermedades y dolencias del pueblo (cfr. Mateo 4:23). Y esa es la misión encomendada a los discípulos (cfr. Lucas 9:2).
Aún hay otro detalle al que debemos hacer referencia. Los relatos acerca de la vida y hechos de Jesús, aun pudiendo tener un soporte histórico, apoyados en la narración procedente de los testigos presenciales, son relatos estereotipados y desarrollados por discípulos que incorporan una visión teológica determinada, bien se trate de escritos dirigidos a judíos, a gentiles o pretendan un enfoque de carácter universal.
Es cierto que la figura histórica de Jesús es un hecho universalmente aceptado. El historiador judío Flavio Josefo habla de Jesús como de un hombre sabio, que fue autor de hechos asombrosos. Pero no debemos perder de vista que el relato histórico que se ocupa de narrar una parte de su vida y enseñanzas está hecho bastantes años después de producirse los hechos y desde la admiración y la fe de discípulos de segunda o tercera generación. Una cosa son los relatos biográficos y otra muy diferente la composición literaria a partir de una fe determinada o una tradición ya elaborada. Un ejemplo elocuente de lo que estamos señalando tiene que ver con la infancia de Jesús, según la presentan los evangelistas Mateo y Lucas, una composición efectuada a la luz de la fe en Cristo resucitado, sin que aparentemente los autores dispongan de una información o documentación aparente.
Una vez que hemos renunciado a la seudocreencia de que los libros de la Biblia sean textos dictados por Dios, una postura que los propios lectores deben hacer suya si lo consideran oportuno, posibilidad la del “dictado” que jamás ha sido defendida por ninguna escuela teológica o tradición eclesial, a lo que añadimos las dificultades propias de la traducción y de la trasmisión, debemos admitir que esas narraciones pudieran estar contaminadas por influencias culturales o por determinados posicionamientos teológicos o interpretaciones de tipo personal, tema que tuvieron muy en cuenta los rabinos judíos con respecto al establecimiento del Canon del Antiguo Testamento y también los llamados padres de la Iglesia cuando desecharon algunos de los evangelios y otros libros escritos sobre la vida de Jesús, considerándolos apócrifos o heréticos. Fue de esa forma como se llegó a dar forma a un “canon oficial” del Nuevo Testamento sobre el que no siempre se pusieron de acuerdo los diferentes sectores de la Iglesia y que ningún concilio ecuménico se tomó el trabajo de cerrar, salvo el ya tardío concilio católico-romano de Trento en el siglo XVI.
Con frecuencia resulta complicado poner de acuerdo al historiador, al teólogo sistemático y al teólogo pastoralista a la hora de afrontar determinados textos bíblicos. No obstante, dada su configuración, entendemos que, en el propósito de los autores, especialmente los del Nuevo Testamento, prevalece sobre otros el criterio pastoral. Este criterio se traduce en ofrecer a los lectores una enseñanza y un reto espiritual que los lleve a un encuentro personal con Jesucristo.
Se trata de textos que encierran una intención kerigmática de la misión de Jesús de Nazaret, percibido ya como el Cristo, lo cual justifica suficientemente que incluso entre los cuatro evangelios encontremos énfasis diferentes orientados, como es obvio, a atender las necesidades específicas de los lectores a los que van dirigidos, procedentes de trasfondos culturales y religiosos diferentes. El contraste, resulta incluso más llamativo si comparamos los evangelios con los escritos paulinos que, como sabemos, están datados en fecha anterior. A Pablo no le preocupa en absoluto recuperar la figura histórica de Jesús y se ocupa directamente de su dimensión cristológica.
Por otra parte, en lo que al historiador se refiere, los criterios a seguir a la hora de escribir la historia son muy diferentes en nuestros días de lo que eran en los tiempos bíblicos. Hoy, a los historiadores les interesa prioritariamente descubrir los hechos tal y como han podido ocurrir, desnudos de cualquier otra consideración. Los filósofos y los sociólogos extraerán de la historia enseñanzas o consecuencias, pero eso ya no es historia propiamente dicho. En cambio, el narrador bíblico adopta ante los acontecimientos una actitud muy diferente; lo que pasaba apenas si tenía relevancia, o al menos mucho menor que el sentido profundo y simbólico de lo que significaba. De ahí que los evangelistas no titubeen a la hora de echar mano incluso de los relatos de ficción en forma de “historia”, si con esto pueden arrojar luz sobre el significado de la “auténtica historia”, que sí estaba en el fondo, pero que escapaba a una comprensión inmediata y superficial. Un ejemplo contundente lo tenemos en los propios evangelios con versiones o matices tan diferentes entre sí, una forma de narrar la historia que en nuestros días resultaría totalmente inaceptable.
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Contenido de esta serie, “Géneros y giros del lenguaje”:
Prolegómenos
I. El sentido del lenguaje
II. Literatura apocalíptica
III. Reino de Dios
[1] Continúa del artículo anterior: Literatura apocalíptica




