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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Claves para entender la Biblia. Palabra de Dios. La comunidad de creyentes

Foto de Fa Barboza en Unsplash

“La Biblia, en su conjunto, es presentada y es recibida como un libro en el que se encuentra la verdad. Buscar la verdad es el anhelo supremo del ser humano”

(Máximo García Ruiz, 04/09/2026) | ¿Cuál es la relación existente entre el texto y el autor? ¿Qué conexión existe entre los diversos escritos bíblicos y los autores a los que han sido atribuidos? A Moisés se le adjudica la autoría del Pentateuco; a David, convertido en poeta, que compuso los salmos; a los profetas, que redactaron sus mensajes a semejanza de la forma utilizada por los predicadores actuales cuando componen sus sermones antes o inmediatamente después de pronunciarlos; el libro de Isaías es contemplado como una especie de tratado de teología escrito por una sola persona, cuando los exégetas coinciden en apuntar que se tata de tres partes o autores diferentes.

Se olvida un elemento sustancial muy importante: que las evidencias apuntan a que los libros del Antiguo Testamento son, sobre todo, resultado de una experiencia comunitaria que fue formándose y consolidándose como exponente de una práctica colectiva del pueblo y que, en última instancia, fueron recopilados por uno o varios redactores finales que pueden ser considerados como representantes de la comunidad más que como autores individuales.

Los textos del Nuevo Testamento, salvo las cartas apostólicas, responden en su mayoría a ese mismo criterio colectivo que representa a la comunidad anónima. Por supuesto, también los evangelios, aunque en su redacción final lleven la firma de un evangelista, bien sea porque se haya adoptado el nombre del apóstol o discípulo prevalente en la comunidad, o bien porque, efectivamente, lo respaldara con su aquiescencia para darles credibilidad y conferirles autoridad en el conjunto de las diferentes comunidades a las que se haría extensible su mensaje.

 Es la comunidad de fe la que confiere transcendencia a los textos en la medida en que reflejan y confirman la experiencia comunitaria. Además de ser ésta una práctica habitual en otros campos, tenemos constancia de que la fidelidad a las fuentes y el respeto a la autoría individual que en la actualidad ha alcanzado un rango de legalidad escrupulosamente protegida, así como la sanción ética que implica el no respetar esas normas,  no era pauta de conducta en los tiempos en los que fueron escritos los libros de la Biblia y, mucho menos, en lo que se refiere a los tratados religiosos, considerados en todo caso como patrimonio colectivo.

Teniendo presente lo dicho anteriormente, debemos entender que las diferentes escrituras están vinculadas al ambiente social y religioso en el que se desarrollan; muestran el grado de madurez religiosa y espiritual alcanzada por la comunidad, sea judía o cristiana, en su caso. Esto tiene sentido, además, por el hecho de que en el ámbito del “pueblo escogido”, no se vivió la religión como una experiencia individual, sino que siempre fue un fenómeno colectivo. Y así se transmitió a la incipiente comunidad cristiana, nacida en el seno de las sinagogas y receptora, por lo tanto, de las tradiciones judías.

En resumen, tanto la comunidad del Antiguo Testamento como la del Nuevo Testamento tienen conciencia de ser depositarias de una tradición que deben conservar íntegra y viva, siempre idéntica y actual, al mismo tiempo.

La Reforma del siglo XVI, influenciada por el Renacimiento e influyendo a su vez en la Ilustración, puso un énfasis desmedido en el individuo, dejando de lado en buena medida el papel que juega la comunidad en el plano de la salvación. Bien es cierto que este énfasis en resaltar el papel protagonista del individuo en su relación con Dios surge como reacción a la marginación que la Iglesia medieval había hecho del creyente para centrar su teología en la supremacía de la Iglesia-institución.

Esa restauración del individuo, hasta ensombrecer a la comunidad, contribuyó a vaciar el mensaje bíblico de su contenido histórico; énfasis individualista que induce al creyente a vivir fuera de la historia, al margen de la comunidad, convencido de que es autosuficiente en su vinculación y asunción del plan de salvación.

En consecuencia, con frecuencia se pierde de vista que la comunidad de creyentes juega un papel sustancial tanto en la recepción como en la depuración, interpretación y transmisión del mensaje. La fe del creyente se gesta básicamente en la comunidad y la aproximación y entendimiento de la palabra revelada se produce bajo el paraguas de la Iglesia.

Es cierto que esa fe surge a veces en ámbitos ajenos a la comunidad, como es el caso que narra el libro de Los Hechos de los apóstoles, capítulo 8, versículos 26-39, acerca del etíope al que evangeliza Felipe en el desierto camino de su país natal; pero el desarrollo de esa fe incipiente y su consolidación, aún en estos casos, se produce en el seno de la comunidad de creyentes, la comunidad de fe.

Despojando la cita a la que vamos a hacer referencia del contenido exclusivo y excluyente que le diera el papa Bonifacio VIII en el año 1302, podemos afirmar con él que extra ecclesiam nulla salus, es decir, la fe se desarrolla y fortalece en el seno de la Iglesia, llamada a ser instrumento de Dios, vehículo y canal de su gracia.

De la inapelable condición comunitaria de la Iglesia nace la relevancia de la liturgia y la preeminencia de los liturgos oficiantes, responsables de conducir y confirmar colectivamente el depósito de la fe, algo que se justifica como necesario, ya en el cristianismo primitivo; las confesiones de fe y los credos, comenzando con el conocido como Credo apostólico lo, confirman.

Y siendo esto así,nos preguntamos: ¿tal vez esta realidad resta autoridad a los libros de la Biblia? Todo lo contrario. El hecho de que detrás de un libro como el de Isaías, o un evangelio como el de Marcos, no veamos la mano en solitario de un solo autor, sino que alcancemos a comprender que se trata de un documento que refleja la concepción y la madurez colectiva de una comunidad de creyentes, confiere al texto una autoridad superior; una autoridad que pone de manifiesto la importancia del fenómeno de la tradición, sea oral o escrita, al que nos referimos en otro lugar.

Se da por sentado que tras de esos escritos y la acción comunitaria hay una intervención divina que ha permitido que se consolide como un corpus doctrinal determinado, depurado por el paso del tiempo y la experiencia colectiva.

Como quiera que este escrito está diseñado especialmente para lectores que han entrado en la etapa de madurez cristiana y/o intelectual, que ya no se conforman con biberones espirituales, sino que anhelan alimentarse con viandas sólidas (cfr. 1ª Corintios 3:1-9), aun dando por supuesto que la Biblia ocupa la centralidad de su fe, o precisamente por ello, alertamos que, sin menoscabo de que la Biblia sea la única regla de fe y conducta en la vida cotidiana, como lo es para el creyente, puede también ser leída de forma incorrecta, tergiversando el mensaje central. Y, aun tratándose de personas sinceras y devotas, sin las orientaciones precisas pueden fracasar al tratar de aplicar las enseñanzas de la Biblia a su vida y ministerio. De ahí los toques de atención que compartimos.

Así pues, conferir a las Escrituras la autoridad única para encaminar fe y conducta, entraña la ineludible responsabilidad de cerciorarse muy bien de qué es y qué no es Palabra de Dios, causa por la que no dejamos de insistir en la necesidad de tomar en consideración las claves interpretativas que ofrecemos.

Finalmente, la Biblia, en su conjunto, es presentada y es recibida como un libro en el que se encuentra la verdad. Buscar la verdad es el anhelo supremo del ser humano. Fue la gran pregunta de Pilato a Jesús y sigue siendo la inquietud y la pregunta que se hacen los filósofos y los científicos de todo tiempo, buscando la verdad ontológica, la verdad lógica y la verdad moral; la verdad científica y la verdad espiritual. La Biblia ofrece presentar la verdad acerca de Dios; la tarea del lector es precisar lo que en el lenguaje cristiano se ha denominado como “Palabra de Dios” diferenciándolo de las explicaciones meramente históricas, antropológicas teológicas o circunstanciales que se encuentran en esos escritos. Verdad, en este caso, es equivalente a Dios.

Fuente: Máximo García Ruiz - septiembre 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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