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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Claves para entender la Biblia. Palabra de Dios. Fe y razón

Closeup of hands following lines in an open Bible on a wooden pew, bathed in warm sunlight. Calm mindful mood, devotion and spiritual focus.

Un error en el que debemos procurar no caer es proyectar sobre el texto bíblico nuestros deseos, nuestras creencias previas o nuestros prejuicios; una tentación en la que han caído las diferentes generaciones de cristianos, como les ocurrió a los judeocristianos del primer siglo, que incorporaron a la imagen de Jesús todas las esperanzas mesiánicas que venían acumulando desde hacía varios siglos

(Máximo García Ruiz, 26/08/2026) | La sutileza de la lengua hace que el uso de un simple artículo sea capaz de aportar un sentido diferente a una oración determinada. No es lo mismo decir que la Biblia es la Palabra de Dios, que afirmar que la Biblia es Palabra de Dios o, incluso, enseñar que en la Biblia está la Palabra de Dios o hay Palabra de Dios. Nos detendremos en intentar aclarar el contenido de estas expresiones y el alcance teológico que encierran. Un ejercicio nada sencillo, ya que nos obliga a movernos entre la fe y la razón.

Resulta evidente que la razón, por su propia naturaleza, es especulativa; y la fe, por su parte, es intuitiva. Ambas pretenden descubrir la verdad. Son dos formas de búsqueda que algunos pretenden que convivan mientras que, para otros, son absolutamente irreconciliables y se relacionan en permanente conflicto. La fe admite lo absoluto sin necesidad de una demostración científica; la razón se fundamenta en la evidencia demostrable y comprensible, en el análisis de los hechos para el entendimiento humano. La fe conduce al dogma; la razón convive permanentemente con la duda en busca de la confirmación o demostración científica.

El propósito de muchos científicos cristianos es hacer compatibles fe y razón. Tal es el caso del belga Georges Lemaître (1894-1966), sacerdote, cosmólogo y astrofísico, conocido especialmente por sus aportaciones en torno a la teoría de la expansión del universo (Big Bang) quien habla de “los dos caminos” para llegar a la verdad: ciencia y fe.

Recordemos, en cualquier caso, que la Biblia no es un libro de ciencia, por lo que el conflicto se presenta cuando pretendemos elevar a la categoría de tratado científico determinados apuntes de la Biblia, sobre cuyos frágiles cimientos científicos se pretende edificar definiciones complejas que algunos convierten en dogmas de fe, con lo que terminan actuando en menoscabo de la religión.

Ciertamente hay fronteras que la ciencia no es capaz de sobrepasar y es totalmente legítimo que el creyente se aproxime a ellas desde la plataforma de la fe, asumiendo el principio de que Dios es el creador del universo; pero deberá hacerse siempre con humildad, ya que Dios ha dotado al ser humano de un potencial inteligente capaz de ir descubriendo y explicando determinados “misterios” de ese universo infinito y, en su comprensión, puede encontrar matices o explicaciones que anteriormente no entendía.

La afirmación anterior nos invita a entender, entre otros temas complejos, lo que ocurrió con la teoría del heliocentrismo propuesta por Copérnico (1473-1543), que produjo tantos quebraderos de cabeza a la Iglesia de su tiempo, aferrada al geocentrismo. Esa postura convirtió a la Iglesia en enemiga de Galileo Galilei (1564-1642), en quien descargó todo el peso de su poder represivo.

En cualquier caso, hay algo que el creyente está obligado a aceptar: las pruebas científicas no pueden ser frenadas por la fe, aun cuando a veces parezcan ir en contra de la representación que de determinados hechos pueda tener el creyente. Y, por cierto, no deberíamos olvidar que tanto Copérnico como Galileo parece ser que eran cristianos.

Otro aspecto importante que es preciso afrontar a la hora de tratar de explicar qué es la Biblia, es la crítica, a veces acerba, que se ha hecho y se hace acerca del llamado Dios del Antiguo Testamento, como consecuencia de los relatos que se registran en los textos bíblicos. Críticas que se han producido desde muy diferentes frentes, tanto a la Biblia en su conjunto como a la imagen divina que proyecta. Autores como Ernest Renan (1823-1892) en su Vida de Jesús, Giovanni Papini (1881-1956) en Historia de Cristo o, más modernamente José Saramago (1922-2010) en In nomine Dei o El evangelio según Jesucristo, por nombrar tan solo a tres escritores relativamente contemporáneos, centran sus análisis críticos básicamente en la figura de Jesús, pero sin perder de vista que las mayores descalificaciones se dirigen al Dios del Antiguo Testamento.

Son tantas y tan diversas las diatribas vertidas al respecto, ya desde la época de los Padres de la Iglesia, que no pretendemos hacer una reseña de todas ellas ni siquiera de las más importantes, aunque nos puede ayudar a resumirlas la que hace uno de los autores coetáneos más incisivos en sus ludibrios al Dios veterotestamentario, como es Antonio Muñoz Molina (n. 1956), un autor contemporáneo de éxito, no alineado en el grupo de los teólogos, pero profundo conocedor de la Biblia. Un resumen de sus ideas, que coinciden con las de otros muchos críticos, lo encontramos en un artículo titulado Ficciones convenientes publicado el 27 de septiembre de 2014 en el suplemento “Babelia” del diario El País.

Como introducción a su crítica que, aunque duela y parezca desmedida a los creyentes, merece ser conocida, ya que no deja de representar el pensamiento de muchos lectores de la Biblia, Muñoz Molina afirma: “El Dios del Antiguo Testamento es quizás el personaje más inquietante que ha inventado nunca la literatura, el más desmedido, el más aterrador”. Resalta este autor que ese Dios es celoso de la lealtad de sus súbditos, lo que hace que, a causa de sus deslealtades, busque más infringirles castigos por sus desvíos que ofrecerles un ámbito de felicidad.

Acusa Muñoz Molina al Dios bíblico de no ser ecuánime, ya que es capaz de aceptar unas ofrendas y rechazar otras y que atormenta a quienes más fielmente lo sirven.  Un Dios, según Muñoz Molina, a quien “le complace el olor del humo de los sacrificios que hace en su honor Abel, pero le desagradan los de Caín, y su visible rechazo provoca en el hermano desfavorecido un resentimiento que lo empujará al crimen”. Acusa a Dios de déspota caprichoso y angustiado que crea al ser humano y luego se arrepiente de lo que hizo al ver las iniquidades que los hombres hacen, lo cual provoca que les castigue con el Diluvio.

Resalta Muñoz Molina que una vez que Dios elige al pueblo judío como suyo, se siente tan ofendido por su idolatría que no tiene “el menor escrúpulo en enviarle ejércitos exterminadores de enemigos que arrasan sus ciudades y sus campos y lo someten a la cautividad”. Acusa, además, que “Dios se regocija en el espectáculo de los recién nacidos de los idólatras, estrellados contra una roca o un muro, en el calor de una batalla”. Y continúa su propio análisis para reafirmarse en el hecho de que el Dios del Antiguo Testamento, según su criterio, actúa de forma arbitraria y que “el gran edificio de la civilización se asienta sobre un cierto número de ficciones, o más bien flota precariamente por encima de ellas, como esos personajes de los dibujos animados que seguían corriendo en línea recta al llegar a un precipicio, y solo se caían al mirar hacia abajo y descubrir que avanzaban sobre el vacío”.

Obviamente, podemos despachar la lectura que de la Biblia hace este autor, eximio por otra parte en su oficio, calificándolo como el vómito de un ateo irredento o, por otra parte, detenernos a reflexionar en que una lectura literal del Antiguo Testamento, atribuyendo al texto el calificativo absoluto de que es la Palabra de Dios, desde la primera a la última página, sin más adjetivos ni distinciones, puede provocar, razonablemente, un rechazo visceral hacia un Dios que, a través de esos relatos, se muestra tan ajeno al Sermón del Monte que encarna Jesucristo.

En otras palabras, es preciso hacer una relectura del texto a partir de una hermenéutica que aplique claves de interpretación adecuadas, entendiendo que lo que el Antiguo Testamento refleja es la percepción que de Dios tienen los autores que van dando forma a cada uno de los escritos, dentro de una cultura determinada y huérfanos de la revelación encarnada en Jesucristo que es, a fin de cuentas, según la fe cristiana, la verdadera Palabra de Dios, el Verbo hecho carne.

Nos encontramos, por otra parte, con la enorme diferencia de enfoque que existe entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Una realidad tan evidente que ha dado motivo para que no falten teólogos que, desde un planteamiento cristiano, hayan querido negar al Antiguo Testamento su condición de colección de libros inspirados. El escritor Fernando Díaz-Plaja (1918-2012) lo expresa en los términos siguientes: “El héroe del Antiguo Testamento era Josué, que mataba a miles. El héroe del Nuevo Testamento es Jesús, que se deja matar. El héroe del Antiguo Testamento es Salomón, con setecientas mujeres; el del Nuevo es Jesús practicando la pureza. El héroe del Antiguo Testamento es Jacob engañando a Labán; el del Nuevo es Jesús dejándose engañar a sabiendas por sus enemigos. David acaba con cien mil, pero Jesús desarma al irascible Pedro y pide a su padre que perdone a sus enemigos porque no saben lo que hacen[1].

Volvemos una vez más sobre la pregunta que da sentido a este apartado: ¿Qué es la Biblia? Una respuesta rápida, a la que ya nos hemos referido, es afirmar que la Biblia es un libro de religión. Pero para poder entender el verdadero alcance de lo que pretendemos afirmar, será preciso recordar, igualmente, lo que no es la Biblia. No es un libro de historia, ni de antropología, ni de astronomía, ni siquiera una cosmología. Y todo ello, aunque los autores bíblicos se tomaran muy en serio esas materias y trataran en su caso de ser fieles a los conocimientos científicos de la época, en la medida de sus posibilidades intelectuales, de tal forma que hicieran suyas las ideas acerca del mundo y de la historia que prevalecían en su tiempo.

Claro que nos referimos a una época y a un contexto histórico en los que todo estaba revestido de un sentido mágico-religioso, por lo que la descripción de los hechos o la visión del mundo se plantean normalmente con categorías y con fines religiosos. Los autores bíblicos hablan el lenguaje de la época, dentro de la cultura de la época, para ser entendidos por los hombres y mujeres de su tiempo. Pero con un matiz importante: se trata de una literatura antigua oriental, un dato que no debemos perder de vista, ya que tiene sus propias peculiaridades.

Un error en el que debemos procurar no caer es proyectar sobre el texto bíblico nuestros deseos, nuestras creencias previas o nuestros prejuicios; una tentación en la que han caído las diferentes generaciones de cristianos, como les ocurrió a los judeocristianos del primer siglo, que incorporaron a la imagen de Jesús todas las esperanzas mesiánicas que venían acumulando desde hacía varios siglos, tanto religiosas como civiles; y lo hicieron desde el prisma de sus propios deseos o intereses.

En idéntico error han vuelto a caer algunos cristianos en las diversas fases culturales de la historia y siguen cayendo en nuestros días aquellos colectivos que vuelven a la idea de hacer de Jesús un taumaturgo al servicio de sus excentricidades o intereses, aunque siempre tratando de justificarse con el texto bíblico. En la Biblia hay que buscar palabra de Dios desde el prisma que nos brinda la enseñanza de Jesucristo.

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Contenido de esta serie Claves para entender la Biblia:

Prolegómenos

I. Conjunto de libros

II. Libro de religión

III. Palabra de Dios. Fe y razón

IV. La comunidad de creyentes


[1] Fernando Díaz-Plaja, La Biblia contada a los mayores. Plaza & Janés Editores, S.A. (Barcelona: 1985), pp. 6, 7.

Fuente: Máximo García Ruiz - agosto 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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07/08/2026

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