(Máximo García Ruiz, 15/09/2026) | [1]Pero el elemento tal vez más significativo que debemos tener en cuenta es el que se refiere a la literatura apocalíptica, un género literario que surge en Israel durante el período de dominación heleno y romano, en los siglos II y I a. C. y que se prolonga dos siglos más durante el proceso de la formación de las comunidades cristianas, una época de persecución e intolerancia a las ideas judías en principio y a las cristianas después. Vamos a dedicar una atención especial al género apocalíptico dada su especificidad y las dificultades que entraña su lectura.
Las situaciones conflictivas aludidas anteriormente hacen que se recurra a emitir los mensajes por medio de símbolos (como el uso del número 1000 y sus múltiplos para indicar algo incalculable), parábolas, imágenes y complejas metáforas; un lenguaje escatológico centrado especialmente en describir el fin de los tiempos, en el caso del Apocalipsis neotestamentario. Un tipo de literatura que, intentar descifrarlo sin la necesaria e imprescindible preparación, supone un signo de imprudencia conducente a establecer deducciones fuera del sentido que encierra el propio texto.
Y un dato más, la literatura apocalíptica está escrita por autores orientales, dotados de una exuberante fantasía. A través de esos recursos literarios, lo que se pretende es poner de manifiesto el sufrimiento de los seguidores afines, sean judíos o cristianos, y ofrecer la esperanza de liberación puesta en una intervención mesiánica capaz de salvarles de la situación de opresión en la que se encuentran.

La palabra apocalipsis significa revelar, descorrer el velo, descubrir, y se refiere a una literatura revelada a personas iniciadas, aquellos que, por su formación y proximidad ideológica y cultural, son capaces de descifrar los símbolos y las claves utilizados. Pero sin olvidar un aspecto significativo: revelar mediante la acumulación de símbolos, de cifras y de colores, sin preocuparse de su aparente incoherencia, con el objeto de que quede oculto para los extraños y sea inteligible únicamente para los afines ya iniciados en ese lenguaje, por lo que los detalles más o menos sorprendentes ocupan un lugar absolutamente irrelevante a los efectos de descifrar a los no iniciados el sentido del mensaje transmitido.
Al igual que en el Antiguo Testamento se utiliza la figura del profeta para denunciar el castigo derivado de la conducta frecuentemente torcida del pueblo escogido, o bien para predecir las consecuencias que acarrean determinadas formas de vida, en la literatura apocalíptica se usa la figura del vidente, centrado especialmente en señalar el futuro, a partir de una descripción criptográfica, secreta, hasta cifrada, inteligible únicamente, como ya hemos indicado, para iniciados, a diferencia del profeta que se dirige por lo regular al pueblo en su totalidad. El profeta, habla; el vidente, escribe.
Otro rasgo importante de los apocalipsis es la ocultación de la identidad del autor, por razones obvias, aunque posteriormente se hayan adjudicado a algún autor en particular, como ocurre con el recogido en el Canon del Nuevo Testamento, atribuido al apóstol Juan[2], una ficción literaria muy común entre los textos bíblicos, que busca reforzar la autoridad del escrito identificando el texto con algún personaje acreditado. Nada hace creer que los datos y fechas que se utilizan hagan referencia a hechos concretos.
Para arropar su mensaje de esperanza, en tiempos de desolación en los que se augura el fin del mundo, se recurre a ese género y se utilizan, incluso, figuras tomadas de concepciones míticas babilónicas, persas y griegas (por ejemplo, todo lo relativo a la angelología y la demonología), unidas a la escatología judía para afianzar su confianza en la intervención divina ofreciendo un destino glorioso como recompensa a los fieles y el castigo ineluctable a los infieles. Una vez más, el lenguaje es una herramienta para transmitir un mensaje, en este caso, de esperanza en medio de la desolación.
En la Biblia tenemos varios libros dentro de este estilo literario. El más importante del Antiguo Testamento es el libro de Daniel, de la época de Antíoco IV Epífanes (175-164 a. C.), que enlaza con la sublevación de los macabeos (166-160 a. C.), una época dura para los judíos que sufren la humillación de la profanación del Templo bajo la tiranía de los invasores griegos. Igualmente forma parte de este género literario una porción del libro de Isaías (24-27; 33-35); algunos pasajes de Ezequiel, Zacarías y de Joel. También pueden incluirse en este género los mensajes escatológicos de Marcos 13, Mateo 24 y Lucas 21, así como algunos pasajes de las cartas de Pablo a los Tesalonicenses.
Ahora bien, el ejemplo más notable de literatura apocalíptica es el Apocalipsis del Nuevo Testamento, que pudo ser escrito a finales del siglo I o principios del II, una época en la que los judíos y los cristianos, consumada la invasión de Jerusalén y la destrucción del Templo por las tropas romanas, habían sido y estaban siendo duramente castigados por la maquinaria del Imperio (Tito, Nerón, Domiciano) que obliga a las comunidades cristianas a vivir su fe ocultas en las catacumbas, buscando formas de relación discretas a fin de protegerse de sus enemigos.
Otros libros, en este caso no incluidos en el Canon, que responden a este género, son: el libro de Henoc (canónico para algunas iglesias ortodoxas); Cuarto Libro de Esdras, que figura como apéndice en la Vulgata latina y es aceptado por la Iglesia Armenia; La Vida de Adán y Eva; Salmos de Salomón; el Apocalipsis de Pedro; Oráculos sibilinos; el Segundo Libro de Enoc; el Libro de los Jubileos, atribuido a Moisés; el Testamento de los Doce Patriarcas, atribuido a los doce hijos de Jacob; así como otros de diferente origen y contenido.
En resumen, una literatura que encierra estas características no puede ser leída como si de un libro de historia, o de poesía, o de doctrina catequética se tratara. La literalidad del texto nos conduce inevitablemente a establecer deducciones falsas, fuera del sentido que el propio texto pretende ofrecer. Otra cosa es que se quiera buscar en su lectura una aplicación devocional en momentos de tribulación, aunque, eso sí, sin perder de vista el tipo de escrito de que se trata y el objetivo que pretende: generar esperanza en momentos de gran abatimiento y falta de perspectiva, como era la situación en la que se encontraban los creyentes a quienes van dirigidos esos libros, en una época de intolerancia y extenuación que amenaza convertirse en el fin de toda esperanza. En ningún caso, haciendo una lectura literal de las figuras literarias de que se sirve.
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Contenido de esta serie, “Géneros y giros del lenguaje”:
Prolegómenos
I. El sentido del lenguaje
II. Literatura apocalíptica
III. Reino de Dios
[1] Continúa del artículo anterior: El sentido del lenguaje
[2] A título simplemente de curiosidad digamos que, si el libro del Apocalipsis fue escrito en torno al año 100, el apóstol Juan debería tener por esas fechas, al menos 120 años, si es que vivía. Resulta improbable pensar que fuera el autor material de ese libro.




