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Claves para entender la Biblia. Géneros y giros del lenguaje

Imagen: Freepik

Nuestra segunda clave para entender el contenido y el alcance de la Biblia tiene que ver con el género y los giros literarios del lenguaje en el que esos textos fueron escritos hace veinte, treinta o cuarenta años, tanto en lo que tiene que ver con el idioma original como con el resultado de las diferentes traducciones a diversas lenguas.

Prolegómenos

(Máximo García, Ruiz, 08/09/2026) | Efectivamente, los libros de la Biblia, tanto los del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, no están escritos con los mismos criterios lingüísticos que se escribe en la actualidad. Incluso en una misma época, pongamos la nuestra, no todos los autores tienen idéntico método para componer sus escritos. Algunos hacen uso y abuso de ambigüedades, de anécdotas, de analogías; los hay que son proclives a escribir siguiendo un método circular, otros lineal; algunos se recrean en el uso de circunloquios, otros son más directos. No podemos leer de forma idéntica los poemas de Góngora que las sátiras de Quevedo, a García Márquez y sus Cien años de soledad que a Unamuno y su Vida de don Quijote y Sancho o San Manuel Bueno, mártir. Cada uno tiene su estilo, y es preciso introducirse en su particular forma de estructurar su pensamiento para poder entender su contenido.

Por otra parte, el hecho de que, especialmente en el Antiguo Testamento, encontremos diferentes estilos o géneros literarios: poesía, prosa, épica, lírica, etcétera, introduce una dificultad que es preciso tener presente. Existen claves distintas para adentrarse en cada uno de estos géneros literarios. La poesía, por ejemplo, permite unas licencias que la narrativa histórica no admite. Además, hay que tener presente los quiasmos[1] (cfr. Mateo 7:6), tan abundantes en los textos bíblicos, así como las analogías o metáforas con hechos ajenos a nuestra cultura actual que es preciso contextualizar, como veremos más adelante.

El sentido del lenguaje

La palabra en sí misma tiene grandes dosis de seducción. No es extraño que a la hora de definir lo humanamente indefinible, como es la persona del Hijo de Dios, se recurriera a establecer un paralelismo con la fascinación que ejerce la Palabra, resaltando el poder que transmite. Con las palabras ponemos en circulación ideas y sentimientos; las palabras nos ayudan a dar cauce a nuestras frustraciones y esperanzas; alabamos, maldecimos, amamos y odiamos haciendo uso de las palabras; en resumen, nos comunicamos prioritariamente a través de las palabras.

Alex Grijelmo, un enamorado maestro del lenguaje, tiene un libro titulado “La seducción de las palabras”[2]. Afirma Grijelmo que “nada podrá medir el poder que oculta una palabra…; nada podrá medir el espacio que ocupa una palabra…”  Y añade: “Las palabras tienen un poder de persuasión y un poder de disuasión”. Es cierto que la palabra “seducir” responde a un cierto sentido peyorativo: “persuadir a alguien con promesas o engaños...”; aunque también añade el diccionario otros significados, como: “ejercer sobre alguien un gran atractivo”, o “embargar o cautivar el ánimo”, o “hacerse una persona admirar, querer o, particularmente, amar intensamente por otra”. De ahí esa expresión tan común que se utiliza con frecuencia: seduce a todos con su simpatía; una simpatía que, por supuesto, se manifiesta a través de palabras. Y, por ello, el maestro del lenguaje concluye, mediante un sintagma, que las palabras son capaces de ejercer sobre nosotros una gran seducción.

El éxito del cristianismo, aparte de las razones transcendentes asumidas y proclamadas por los cristianos, se apoya en que pudo trasladar a palabras, y a palabras escritas, el contenido de su fe partiendo de un concepto básico: su fundador, Jesús de Nazaret, era la Palabra encarnada de Dios. Y así, primero en arameo y luego en griego, después en latín, y más tarde en alemán, castellano o la mayoría de los miles de lenguas y dialectos que hay en el mundo, convertido ese mensaje en el Libro, ha venido siendo el soporte ideológico de la fe, considerado por los cristianos como Las Sagradas Escrituras.

El cristianismo ha sido conocido, por este motivo, como “la religión del libro”, definición que puede compartir con las otras dos grandes religiones monoteístas: el judaísmo y el islamismo. Ahora bien, no todas las palabras son “divinas palabras”, no todas las palabras que lo pretenden son “sagradas”; no todas las palabras, por muy seductoras que resulten, aunque sean pronunciadas por autoproclamados “emisarios divinos” o se emitan desde los púlpitos más prestigiados, son “sagradas escrituras”.

Jesús prometió algo muy importante a quienes le seguían, y es que cuando conocieran la verdad, ese conocimiento de la verdad les haría libres (Juan 8:32).  Y, entre otras parcelas de libertad, la más importante es la libertad para pensar, discernir y expresarse sin cortapisas.

La diferencia entre teocracia y democracia es que, bajo la primera, teocracia, otros ( no Dios como erróneamente sugiere el término) piensan por nosotros y, bajo la segunda opción, es decir, democracia, tenemos el derecho y la obligación de pensar y reflexionar por nuestra cuenta. Esa es la diferencia también entre ser libres y estar sometidos; sometidos no sólo desde el punto de vista físico, sino intelectual.

Así es que, desde esa perspectiva, es necesario estar alerta para detectar cualquier palabra que, aun pretendiendo ser “divina” o pronunciada en nombre de la divinidad, no necesariamente es “sagrada escritura”; es decir, se trata de palabras que pretenden anular o reducir nuestra capacidad analítica para imponer, como única vía mediadora, la autoridad de quien la detenta sin que le corresponda o, simplemente, conducen a adoptar criterios engañosos.

Las Sagradas Escrituras lo son en la  medida en que en ellas se puedan rastrear las pistas de un Dios que no somete, sino dignifica; de un Dios que estimula la libertad de llegar a ser aquello para lo que fuimos creados; de un Dios que, siguiendo la definición que de él mismo hace la Biblia, es Espíritu y Verdad y no puede ni quiere quedar confinado a ningún libro, ni a ningún espacio geográfico, ni a la interpretación de ningún vicario, ni sanedrín, ni cónclaves de clérigos, ni junta directiva, ni profetas de cuño moderno.

Decíamos que las palabras transmiten ideas y sentimientos, y así es, pero se trata de un ejercicio de traslación altamente dificultoso. Las ideas que se van forjando en nuestra mente tienen matices que con frecuencia resulta imposible traducir a palabras, y es entonces cuando recurrimos a figuras analógicas que nos presten su ayuda para hacer comprensible nuestro mensaje, como son las metáforas, parábolas, alegorías, símbolos, comparaciones, fábulas, cuentos, narraciones, mitos, quimeras, leyendas, tradiciones, apologías, loas, panegíricos, ponderaciones…

La dificultad se acrecienta cuando, una vez plasmada en palabras la idea, se produce un gran vacío entre el emisor y el receptor al interponerse ciertas barreas, que pueden ser culturales, de distancia, de idioma, de ideología, que bloquean la posibilidad de una comprensión homologable.

Esa dificultad podemos trasladarla a la lectura de las Sagradas Escrituras. Además de lo dicho anteriormente y de la necesidad de tener muy presentes las claves ya apuntadas, referidas al hecho de tratarse de un libro de religión que ha sido traducido de lenguas que hoy en día no se hablan, en cuyo proceso se han producido interferencias y añadidos espurios a mano de los traductores y/o copistas, también hay que hacer referencia a un recurso muy frecuente entre los autores bíblicos, como es el uso de antropomorfismos cuando se hace referencia a la divinidad.

Ciertamente las palabras no sólo significan algo concreto, sino que evocan igualmente otras cosas. Si leemos que Abraham era amigo de Dios, esa expresión nos está remitiendo a algo semejante a nuestra relación interpersonal con alguien de nuestra propia naturaleza, que se encuentra a nuestro mismo nivel y nosotros al suyo. Tal vez reparamos entonces en una expresión que oímos con frecuencia entre creyentes o quizá nosotros mismos hayamos podido utilizarla alguna vez: Dios me ha dicho, cuando se interpreta, a raíz de una experiencia personal, o de un sueño, o de una conversación con otra persona, o de una enfermedad, o determinadas lecturas, que Dios está indicando algo específico para su vida, algo que se enmarca en el ámbito íntimo de cada persona, con una gran carga de subjetividad. ¿Con qué certeza y autoridad podemos afirmar que es Dios quien se ha manifestado?

Personalmente, en mí ya dilatada vida, no he conocido a nadie que afirme con un mínimo nivel de convencimiento y veracidad, haber oído literalmente la voz de Dios; eso sí, ha interpretado un hecho y le ha aplicado un sentido de trascendencia, compartido coloquialmente como “Dios me ha dicho”.

Si aceptamos como principio axiomático que Dios no puede contradecirse a sí mismo, que Jesucristo es Dios y que es el mismo ayer, hoy y por los siglos (cfr. Hebreos 13:8), que a Dios nadie le vió jamás (cfr. Juan 1:18) y que los verdaderos adoradores han de adorarle en espíritu y en verdad (cfr. Juan 4:23), las referencias antropomórficas a Dios hay que ponerlas en cuarentena. Presentar a Dios con manos y pies, invitando a los seres humanos a caminar en sus pasos, haciendo referencias a su corazón, atribuyéndole sentimientos y reacciones humanas, mostrándole como Dios vengativo en el Antiguo Testamento y como Dios de amor en el Nuevo, o demandando sacrificios de animales e incluso de personas a semejanza de los dioses babilónicos, egipcios o cananeos, nos obliga a plantearnos una relectura de la Biblia admitiendo que la literalidad del texto no siempre ofrece una imagen adecuada de la divinidad.

Consecuentemente, es preciso diferenciar el mensaje de Dios que se encarna en Jesucristo y se ajusta a la revelación que ofrece de sí mismo, de cualquier otro tipo de mensaje; una revelación que, o bien anticipa su venida o bien confirma su llegada y el significado que encierra. 

Efectivamente, la Biblia describe con figuras antropomórficas, al estilo de los mitos antiguos, los hechos cotidianos que se atribuyen a intervenciones de los dioses, en unos casos, o a Yavé, en otros. La expresión “Dios dijo” o “así dice Yavé”, justifica y da rango de legalidad a hechos que forman parte del devenir histórico dentro de un espacio cultural determinado. Así, la orden de exterminar a los habitantes de una ciudad conquistada (cfr. Jericó, Josué capítulo 6) responde a la manera de sentir y de pensar de entonces; y lo mismo vale para las expresiones sobre la venganza, el juicio y la ira de Dios, de las que ni siquiera el Nuevo Testamento está exento.

Condicionadas por la época en la que han sido dichas o escritas, hay que considerar también muchas prescripciones legales, por ejemplo, la distinción puro-impuro (Levítico 11-15), la pena de muerte para la mujer adúltera (Levítico 20;10) y para la hechicera (Éxodo 22:17), sin olvidar la total intolerancia respecto a los que no piensan como nosotros (2ª Juan, l0s). Las imprecaciones contra Corazín, Betsaida, Capernaún (cfr. Mateo 11:21ss y Lucas 10:13ss), lo mismo que el anuncio de un juicio inmediato, puesto todo en boca de Jesús, son expresiones que encajan dentro de la cultura de esa época pero que resultan anacrónicas en la nuestra.

El sentido común nos pone sobre aviso de que es preciso admitir que muchos de esos pasajes están escritos en un lenguaje figurado y otros simplemente son expresiones que responden a un ámbito cultural determinado; un lenguaje que tenemos que interpretar y traducir a una realidad diferente a la que la literalidad del texto indica, que es tanto como insistir en la importancia de la relectura bíblica.

Aplicar el criterio dinámico para determinados textos, dada su obviedad, supone dar paso a las ciencias modernas de interpretación bíblica, que resaltan el valor del mensaje por encima del significado literal de las palabras, y esto produce un rechazo visceral a los lectores literales del texto bíblico. Y, en aras de la defensa de los fundamentos de la fe, desde posturas autodenominadas como conservadoras, se cierran los ojos a la evidencia y se oscurece o empaña la genuina revelación de Dios, al dar idéntico valor a narraciones culturales, históricas, anecdóticas o biográficas que a aquellos pasajes que revelan el propósito de Dios y el mensaje redentor de Jesucristo.

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Contenido de esta serie, “Géneros y giros del lenguaje”:

           Prolegómenos

           I. El sentido del lenguaje

           II. Literatura apocalíptica

          III. Reino de Dios


[1] El quiasmo es una figura retórica basada en la repetición. Se trata de un paralelismo cruzado, es decir, de la repetición de una estructura sintáctica; con la particularidad de que en el caso del quiasmo los elementos que se repiten aparecen primero en un orden (por ejemplo, AB) y luego en el orden contrario (siguiendo el ejemplo, BA).

[2] Alex Grijelmo, La seducción de la palabra, Taurus (Madrid:2000).

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

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