(Historia y Pensamiento protestante, 14/08/2026) | La Biblia no es un libro «caído del cielo» sino una colección de libros que ha crecido y se ha formado durante un largo y complicado proceso histórico (cf. Campenhausen, Entstehung; Metzger, Canon). Sus páginas recogen géneros literarios tan diferentes como narraciones, leyes, poemas, oraciones, dichos sapienciales, lamentaciones, relatos de visiones, anuncios proféticos, predicaciones, cartas, parábolas, etc. El término «Biblia» es reflejo mismo de la complejidad que rodea este libro tan peculiar: proviniendo originalmente del plural neutro griego tá biblía («los libros») se traspasa más adelante al latín donde se convierte en el singular femenino que hoy usamos: «la Biblia».
La colección autorizada de libros sagrados del cristianismo (el «canon») tiene dos partes: el Antiguo Testamento (AT) y el Nuevo Testamento (NT). El canon del Antiguo Testamento (o la Biblia hebrea) consta de tres cuerpos de escritos: la ley (hebr. tôrah), los profetas (hebr. nebi´îm) y los escritos (hebr. ketubîm). El Nuevo Testamento, redactado en griego vernáculo (el koinê), está formado por cuatro evangelios, Hechos, una serie de cartas y un escrito apocalíptico. Las iglesias evangélicas han conservado en sus versiones del AT tan solo los escritos reconocidos en el canon hebreo, por lo que no se encuentran algunos escritos que aparecen en las versiones católico-romanas (p.e. Judit, 1-2 Macabeos, etc.). El canon del NT es idéntico en todas las confesiones cristianas.
La relación del protestantismo con la Biblia es singular. Para comprender dicha singularidad hay que tener en cuenta el contexto eclesial del siglo XVI en el cual nació el protestantismo como un movimiento de renovación espiritual y crítica al sistema hegemónico del catolicismo medieval (al menos en su versión oficial). La Biblia se venía usando en tres contextos: como narración de la historia de Dios con la humanidad, como enseñanza autorizada y verdadera a todos los niveles del conocimiento humano y como legislación para mantener el orden social y político. Las autoridades eclesiales se atribuían el derecho exclusivo de interpretar la Biblia de forma definitiva, lo cual siempre implicaba hacerlo dentro del marco de la tradición eclesial.
Desde este circuito cerrado de poder era posible mantener un orden jerárquico de todas las instituciones políticas y religiosas en cuya cabeza se encuentra la iglesia amparada por la Biblia y la tradición. Lógicamente esto significaba que cualquier lucha por definir de nuevo las relaciones entre las instituciones se convertía inevitablemente en una lucha por el significado de la Biblia y el derecho de interpretarla. La filología humanista con su regreso «a las fuentes» (ad fontes) puso en relieve la importancia de recurrir a la Biblia misma como instrumento de crítica eclesial, hecho probado ya ocasionalmente en movimientos reformadores previos al siglo XVI (p.e. Juan Wyclif, los Husitas, los Hermanos de Bohemia, y también representantes del nominalismo como el genial William de Ockham).
En este contexto hallamos que los reformadores optan por aceptar la Biblia como autoridad superior a toda autoridad humana. Esto significa no sólo una opción a favor de la Biblia sino, a su vez, una opción en contra del orden eclesial. El conocido lema «Sola Scriptura» es en primer lugar un anuncio de lucha contra el circuito cerrado del poder religioso que tiene como meta un desplazamiento de poder: la iglesia ya no puede autorizar el significado de la Biblia, sino que la Biblia autoriza a la iglesia. La tradición no es norma normativa sino norma normada a través de la Biblia. A esto se le añade una «democratización» de la interpretación de la Biblia. Cada cristiano, en base a la Biblia, puede hacerse un juicio propio con respecto a cuestiones doctrinales.
Desde el comienzo, los reformadores enfatizaron el valor humanista del estudio y en especial el conocimiento de las lenguas originales, hebreo y griego, para exponer públicamente la Biblia. La reforma impulsó, de una forma muy notable, no sólo el estudio de la Biblia en sus lenguas originales sino también su traducción y difusión. La meta de hacer llegar un ejemplar de la Biblia a cada casa a partir de principios del siglo XVIII (en el contexto del pietismo alemán y el revivalismo inglés) llevó a la creación de Sociedades Bíblicas en todo el mundo.
Hasta el día de hoy, es fundamental para todas las denominaciones con arraigo evangélico, relacionar todos los aspectos de la fe con el testimonio bíblico. Existe, sin embargo, desde un principio, una cierta pluralidad de opiniones con respecto a la comprensión de la Biblia como Palabra de Dios. La cuestión es: ¿Dónde «reside» la autoridad de la Biblia? ¿En su aspecto literal (la «letra») o en su intención comunicativa (el «Espíritu»)? Esta pregunta sigue marcando una línea divisoria a través de todas las denominaciones evangélicas en la actualidad.
Por regla general se puede afirmar que la tradición calvinista, la ortodoxia luterana del siglo XVII y los primeros grupos anabautistas suizos y menonitas adoptaron una postura más bien «biblicista», usando la Biblia en su interpretación literal como ley de vida. A nivel práctico esto puede llegar a significar que todo lo que la Biblia no enseñe explícitamente queda prohibido para el cristiano. Para Calvino la Biblia es Palabra inspirada por Dios que obra en el ser humano a través del mismo Espíritu (Inst. VI,1; VII,2.4; VII,4).
La doctrina de la inspiración de la Biblia se amplió en la ortodoxia luterana aplicando la obra del Espíritu a los escritores, el contenido y la palabra misma (a forma de dictado). De esta forma se llegó a traspasar el concepto de infalibilidad del sistema papal a la Biblia como un libro infalible, inerrante y veraz en todo lo que afirma. Para el movimiento fundamentalista que se formó en EE.UU. a partir de finales del siglo XIX y para muchos círculos evangélicos hasta el día de hoy, esta doctrina sigue siendo fundamental (cf. el «Chicago Statement of Inerrancy»; Geisler, Inerrancy).
Dentro del movimiento anabautista, sin embargo, encontramos voces como la de Hans Denck (aprox. 1500-1527; cf. «Widerruf», 106) o Pilgram Marpeck (†1556) que diferencian claramente entre la dimensión literal y la dimensión espiritual de la Biblia. También Lutero enfatizaba esta dialéctica. El gran descubrimiento del reformador alemán no fue la Biblia como libro sino el Evangelio de la justificación por fe. La Biblia no era tanto contenido de la fe sino más bien instrumento para inspirar la predicación del Evangelio e iluminar la mente. El lugar donde la Palabra de Dios desarrolla su verdadera dinámica salvífica no es la letra sino la predicación viva del Evangelio (WA 12,259,8-13).
La Biblia es palabra de Dios en la medida en que se relaciona con el Evangelio. Es decir: El lema «Sola Scriptura» se deriva del lema «solus Christus», por lo que Lutero no tuvo reparo en criticar el contenido de ciertos libros bíblicos (p.e. la carta de Santiago o el Apocalipsis) en base al Evangelio de Cristo. Muchos teólogos protestantes hasta el día de hoy (p.e. Barth, Tillich, Pannenberg, Moltmann) han seguido por esta línea.
Las diferencias en torno a la identificación de Biblia y palabra de Dios que se encuentran desde un comienzo en los diferentes movimientos protestantes, han marcado, sobre todo a partir del siglo XIX, el cisma entre «liberalismo» y «fundamentalismo»». Gran parte de esta disputa se debe a los cambios ocasionados por la ilustración, un movimiento filosófico que no sólo marcó un giro hacia la autonomía de la razón humana sino que enfatizó de forma especial el carácter histórico del conocimiento humano. Fueron en primer lugar círculos del deísmo inglés que sometieron la interpretación de la Biblia a la razón humana aplicando una metodología puramente histórica (al menos según ellos lo entendían).
Este acercamiento a la Biblia creó una división muy clara entre «significado original» y «sentido teológico». En un intento de crítica contra el dogmatismo eclesial protestante, los que siguieron por esta línea de interpretación histórico-crítica de la Biblia fueron sobre todo círculos académicos en Europa y EE.UU. Esto suscitó a su vez la fuerte reacción de círculos más conservadores con respecto a una comprensión de la inspiración y veracidad de la Biblia llevando a una polémica por ambos lados (cf. Carson/Woodbridge, «Scripture», y la crítica contra la postura fundamentalista en Barr, «Fundamentalism»).
La «lucha» con respecto a la Biblia es un estado lamentable para el protestantismo en general, ya que hace perder de vista no sólo la enorme contribución que ha hecho la Biblia para la identidad de todas las denominaciones evangélicas sino también el terreno común que comparten una gran mayoría de iglesias evangélicas. En un futuro será necesario trascender la polémica dentro de una pluralidad respetuosa y positiva (cf. p.e. contribuciones como las de Marshall, «Inspiration» o Barton, «Authority»).
Autor: Moisés Mayordomo Marín (Protestantismo en 100 palabras, Consejo Evangélico de Madrid, 2005)
Bibliografía
Barr, J., Fundamentalism, Westminster (Philadelphia, 1978); Barton, J. People of the Book?; The authority of the Bible in christianity, SPCK (London, 1989); Campenhausen, H.F. von., Die entstehung der christlichen Bibel, BHTh 39; Mohr (Tübingen, 1968); Carson, D.A., Woodbridge, J.D. (ed.), Scripture and truth, Baker (Grand Rapids, MI., 1983). Denck, H., Widerruf (1527); Quellen zur Geschichte der Täufer, vol. VI/2. Gerd Mohn (Gütersloh, 1956); Geisler, N.L., (ed.), Inerrancy, Zondervan (Grand Rapids, MI., 1980); Marsall, I.H., Biblical inspiration, Hodder & Stoughton (London, 1982); Metzger, B.M., The canon of the New Testament, Clarendon (Oxford, 1987); Gütersloh, Schmid, H.H./Meblhausen, J. (eds.), Sola scriptura: das reformatorische Schriftprinzip in der säkularen Welt, Gerd Mohn (1991); Schnelle, U./Schwöbel, Chr., Bibel, RGG 1 (1998) 1407-1432.
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