El bautismo es una práctica tan antigua como el propio cristianismo puesto que es un mandato de Jesucristo y signo de la nueva vida en él. A través de esta práctica la persona convertida se declara discípulo de Cristo y es recibida por la Iglesia como hermano.
El término bautismo nos remite al verbo griego (baptizo), que significa sumergir, engullir, lavar o ahogar. Este verbo, o algunas de sus formas derivadas, se encuentran en la mayor parte de los autores del Nuevo Testamento. Esto nos permite suponer que el bautismo era ya una práctica muy generalizada en las comunidades cristianas del primer siglo.
El bautismo tiene una especial dimensión simbólica pues recuerda la muerte y resurrección de Jesús, al tiempo que señala la muerte del viejo ser del creyente arrepentido y el nacimiento de una nueva vida en Cristo. Este simbolismo primario del bautismo se enriquece por el significado del agua misma, pues ésta suele representar limpieza y renovación.
El bautismo es recibido por todos aquellos que han confesado su fen en Cristo y, a través de esta práctica, reconocen públicamente la obra que Dios, en su misericordia, ha realizado en ellos. Los bautizados en el nombre de Jesucristo reciben además el Espíritu Santo como acción presente de Dios y son asociados a la muerte y resurrección de Cristo.
Los antecedentes inmediatos del bautismo del Nuevo Testamento hemos de buscarlos en las abluciones practicadas en el judaísmo intertestamentario, y más concretamente en la práctica bautismal de Juan, el precursor de Jesús. Si bien es cierto que existen sólidas analogías entre el bautismo de Juan y el bautismo cristiano, no lo es menos que existen grandes diferencias también. Juan el Bautista insistía en el arrepentimiento (que incluía la confesión pública de pecados), y les prometía a los bautizados el perdón de sus pecados. Este bautismo no era sólo una purificación religiosa, sino el símbolo de una verdadera conversión (Hch. 2:38; 13:21); es decir, un cambio radical de actitud respecto del pecado y un retorno a Dios.
Pero su bautismo de agua tenía un carácter provisional y lo oponía al bautismo mesiánico del fin de los tiempos, cuando Dios dispensará de nuevo su Espíritu. Además de lo anterior, lo que le da al bautismo cristiano un carácter único es la fe en Cristo como redentor y como Señor resucitado y glorificado, y la plena convicción de haber entrado en la era de la salva-cona y de tener parte en la efusión del Espíritu.
Sobre la práctica del bautismo se han transmitido pocas noticias, y en la actualidad sigue realizándose, prácticamente, del mismo modo que en las primeras comunidades, ya fuese palestinenses o helenísticas. Durante la ceremonia el bautizando pronunciaba la confesión de fe en el Kyrios (Ro. 10:9), y seguidamente se procedía a la imposición de manos sobre el bautizando, a fin de que éste recibiera el Espiritu (Hch. 8:17; 19:6).
También se sabe que en los primeros tiempos del cristianismo no se impartía una catequesis formal a los que solicitaban el bautismo; pero hacia el siglo II debieron crearse diversas formas de instrucción religiosa antes del bautismo. La conversión llevaba un proceso previo de preparación: instrucción (sobre temas morales) y formación (sobre cuestiones de fe). Así pues, antes de bautizarse había que hacer un recorrido de iniciación previo muy sobrio.
Respecto a la forma de poner en contacto al bautizando con el agua no hubo unanimidad en la antigüedad, y hoy día tampoco existe entre las distintas tradiciones eclesiales protestantes. En unas se introduce al bautizando totalmente en agua (inmersión), en otras sólo se vierte un poco de agua sobre su cabeza (aspersión). La inmersión es la manera más común de bautizar en las iglesias evangélicas.
Uno de los asuntos más controvertidos respecto al bautismo es el llamado paidobautismo, o bautismo de niños de creyentes.
Los luteranos y los anglicanos practican el bautismo de niños, pero la tendencia mayoritaria en el protestantismon es la práctica del bautismo de creyentes, insistiendo con ello en la confesión consciente de fe por parte del bautizado.
Bibliografía
Barth, G., El bautismo en el tiempo del cristianismo primitivo, Ed. Sígueme (Salamanca, 1986); Bautismo, eucaristía, ministerio, Documento final de Lima, cuaderno de trabajo. Ed. Comisión Ecuménica Popular Argentina (Argentina, 1983); Grasso, D., ¿Hay que seguir bautizando a los niños?, Ed. Sígueme (Salamanca, 1973); Lohse, E., Teología del Nuevo Testamento, Ed. Cristiandad (Madrid, 1978).
Autor: Ricardo Moraleja Ortega (Protestantismo en 100 palabras, Consejo Evangélico de Madrid, 2005)
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