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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Reforma y activismo social

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20170707-2

Jesucristo expulsando a los comerciantes del templo / Luca Giordano (Italia, 1634-1705)

Mateo 21: 12-17; Marcos 11:15-18;

Lucas 19: 45-48; Juan 2:13-22.

(MÁXIMO GARCÍA RUIZ*, 07/07/2017) | La escena de la purificación del templo a la que hacen referencia los textos seleccionados, la recogen los cuatro evangelios. Jesús muestra una actitud violenta que no le es común.

Al visitar el templo en vísperas de la Pascua, la festividad más destacada de los judíos, encuentra el recinto sagrado tomado por los mercaderes. Su indignación ante lo que considera una profanación le llena de ira y expulsa a los mercaderes del templo, profiriendo gritos de desaprobación y condena.

Algunos comentaristas, dejándose llevar por el lugar que el relato ocupa en los diferentes evangelios, han concluido que el hecho se produjo en dos ocasiones diferentes, pero no parece probable que tal cosa ocurriera. Una sola vez, teniendo presente que los evangelios tienen un carácter más teológico que histórico, ya es suficiente para mostrar de forma contundente una de las dimensiones del ministerio público de Jesús de Nazaret: su condición de activista social [1] , sin menoscabo de otras facetas que, desde el punto de vista histórico o teológico podamos percibir y señalar.

Jesús no contemporiza con el sistema establecido; antes bien, aprovecha cualquier ocasión para denunciar la corrupción, especialmente aquella que procede de los sectores más representativos de la religión judía, como era el caso de los fariseos, el colectivo que con mayor dedicación defendía los dogmas judíos pero que, a su vez, era el grupo religioso más hipócrita, hasta el punto de que el término fariseo se ha convertido, a partir de las críticas de Jesús, en sinónimo de hipocresía.

Es precisamente ese espíritu descubierto en los evangelios el que inspira al fraile agustino Martín Lutero (1483-1546) a convertirse, aunque fuera indirectamente, en un activista social...

Jesús de Nazaret arremete no solo contra los fariseos y los mercaderes profanadores del templo; lo hace también contra los ricos abusadores, contra los discípulos indolentes, contra los vecinos injustos que acusan a la mujer infiel olvidando la gravedad de sus propios pecados; contra los hipócritas tabúes religiosos que defendían de forma cerril, como criticar el hecho de sanar a un enfermo en sábado; contra la ambición de algunos, como la mostrada por la madre de los hermanos Jacobo y Juan…

Es precisamente ese espíritu descubierto en los evangelios el que inspira al fraile agustino Martín Lutero (1483-1546) a convertirse, aunque fuera indirectamente, en un activista social, hasta comprometer su propia vida, denunciando el tráfico de indulgencias que llevaba a cabo el monje dominico Johann Tetzel (1465-1519) en territorio alemán. Es sabido que lo prioritario en Lutero fue su reforma religiosa, pero en el siglo XVI religión y sociedad van de la mano y se influencian mutuamente. En ese sentido es en el que Lutero fue un activista social, aunque en otras facetas de su vida pudiera aparecer como un reaccionario.

Esa motivación que fecunda la Reforma, fue suficiente para que el sacerdote alemán Thomas Müntzer (1489-1525), identificado con la rama más radical del movimiento (anabautista), alentado por la liberación de los pueblos defendida por el propio Lutero, encabezara la revolución de los campesinos alemanes denunciando la opresión y abusos a los que esos trabajadores del campo eran sometidos. La lista que recoge ejemplos semejantes resultaría interminable.

Muchos de los seguidores de la Reforma protestante del siglo XVI, homologaron  la proclamación del Evangelio con la reforma social y, unas veces al frente de los proyectos políticos, como fue el caso de Jehan Calvino (1509-1564 ) en Ginebra (con toda su grandeza y con todos sus errores), y otras integrando movimientos religiosos incardinados en el entramado social,  perseguidos o no, como ocurriera con los hugonotes en Francia o los padres peregrinos del Mayflower en los Estados Unidos, uniendo a su esfuerzo evangelizador el compromiso social y la lucha por lograr una sociedad más justa y equitativa.

Desde el momento y hora en el que los cristianos han cedido la calle a otros movimientos, permitiendo que ocupen su lugar, la profecía ha dejado de ser escuchada por el pueblo.

Parece evidente que la misión del cristiano tiene su lugar de actuación básicamente en la calle como activista social, dándole a ese término todo el sentido integrador que tiene, tanto en el terreno profético como en el ámbito de agente social. Desde el momento y hora en el que los cristianos han cedido la calle a otros movimientos, permitiendo que ocupen su lugar, la profecía ha dejado de ser escuchada por el pueblo. En nuestros días son otro tipo de movimientos sociales ajenos a la Iglesia los que han tomado el relevo en temas tan candentes para los pueblos como son los desahucios de las viviendas, la lucha por salarios dignos, la defensa de la mujer contra la violencia de género, la educación y la sanidad universal, la acogida de los desplazados y, especialmente, la denuncia profética de la corrupción.

Entre otros muchos movimientos sociales que se han tomado en serio identificar evangelización con compromiso, quisiera destacar por su originalidad, a uno integrado en sus orígenes por cristianos de diversas extracciones eclesiales cuyo objetivo es hacerse oír por los consejos de administración de las grandes empresas para denunciar la injusticia y la corrupción. Estas personas se abren camino hasta los consejos adquiriendo participaciones para poder intervenir en sus juntas de accionistas. Esa condición les da la posibilidad de hablar cara a cara con aquellos que toman las decisiones contra las que se quiere protestar. Este movimiento, que comenzó en los Estados Unidos bajo la denominación de Ocupy Wall Street, se ha extendido por varios países, también en España. Puede gustar más o menos, pero es una forma ingeniosa de dejarse oír, por ejemplo, denunciando que los bancos inviertan nuestros ahorros en armamento. Con frecuencia la sociedad va mucho más deprisa que las iglesias y éste si que es un motivo de reflexión.

Es un hecho contrastado que el agua estancada termina pudriéndose. Para que cumpla su razón de ser tiene que correr desde el manantial, formando arroyos y ríos que no sólo calmen la sed de los hombres y de la tierra, sino que nutran el mar.  Y no se me ocurre mejor símil para la Iglesia. Encerrada en los templos, en sus retiros espirituales, en sus campamentos, en sus convenciones, en sus debates litúrgicos o teológicos, en sus refriegas denominacionales o en su empeño de imponer al resto de la ciudadanía una moral asfixiante, no le queda tiempo ni ganas de ocuparse del clamor de aquellos que buscan respuestas a sus necesidades inmediatas, para luego poder atender las demandas eternas.

Se equivoca la Iglesia cuando busca la razón de su decadencia en la maldad del mundo, o en teologías de éste u otro signo; su decadencia arranca de su falta de compromiso para asumir su verdadero rol.

Se equivoca la Iglesia cuando busca la razón de su decadencia en la maldad del mundo, o en teologías de éste u otro signo; su decadencia arranca de su falta de compromiso para asumir su verdadero rol. El evangelio que está llamada a proclamar, es el evangelio de la solidaridad humana, de la liberación de los demonios que atormenta a la humanidad: el egoísmo, el hambre, la injusticia social, la discriminación de unos seres con respecto a otros, el odio, la falta de amor…

La Reforma protestante del siglo XVI no fue en sí misma un dechado de virtudes.  No lo fueron tampoco los reformadores. Cometió, cometieron, excesos, cayeron en errores, pero la gran aportación es que la Reforma despertó conciencias y puso en marcha, colocándose sus promotores al frente, un movimiento imparable de protesta y reivindicación de valores tanto espirituales como sociales que contribuyeron definitivamente a transformar la sociedad europea y, por extensión, una buena parte del mundo.


Un término poco convencional éste de activista social, aplicado a Jesús, pero creemos que adecuado al caso, dado el enfoque que damos a este trabajo.


(Otros artículos de esta misma serie, publicados en Actualidad Evangélica, son: El pecado de la equidistancia, La Reforma y el Cambio Social, La Reforma y el compromiso social, La Reforma y el signo de los tiempos).


Autor: Máximo García Ruiz*, Julio 2017.


© 2017- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Sociología y Religiones Comparadas en la Facultad de Teología  de la  Unión Evangélica Bautista de España (UEBE), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 24 libros, algunos de ellos en colaboración.

La Reforma protestante y la creación de los estados modernos  europeos, 1

Humanismo y Renacimiento

Máximo García Ruiz

La creación de los estados modernos europeos, tal y como los conocemos hoy en día, no hubiera sido posible sin la existencia de la Reforma protestante y su correlato, el Concilio de Trento, tal y como veremos más adelante.

De igual forma, la Reforma no hubiera podido tener lugar, en su inmediatez histórica, sin la existencia del Humanismo y su manifestación artística y científica conocida como Renacimiento. Ahora bien, para poder centrar el tema, tenemos que remontarnos a la era anterior, la Edad Media, y poner nuestra mirada inicial, como punto de partida, en la Escolástica, el sistema educativo, el sistema teológico que identifica ese período, así como en el Feudalismo como forma de gobierno y estructuración social.

Para el escolasticismo la educación estaba reservada a sectores muy reducidos de la población, sometida a un estricto control de parte de la Iglesia. A esto hay que añadir que el sistema social estaba subordinado, a su vez, al ilimitado y caprichoso poder de los señores feudales bajo el paraguas de la Iglesia medieval que no sólo controlaba la cultura, sino que sometía las voluntades de los siervos, que no ciudadanos, amparada por un régimen considerado sagrado, en el que sus representantes actuaban en el nombre de Dios.

La Escolástica se desarrolla sometida a un rígido principio de autoridad, siendo la Biblia, a la que paradójicamente muy pocos tienen acceso, la principal fuente de conocimiento, siempre bajo el riguroso control de la jerarquía eclesiástica. En estas circunstancias, la razón ha de amoldarse a la fe y la fe es gestionada y administrada por la casta sacerdotal.

En ese largo período que conocemos como Edad Media, en especial en su último tramo, se producirían algunos hechos altamente significativos, como la invención de la imprenta (1440) o el descubrimiento de América (1492), que tendrán una enorme repercusión en ámbitos tan diferentes como la cultura, las ciencias naturales y la economía. En el terreno religioso, la escandalosa corrupción de la Iglesia medieval llegó a tales extremos que fueron varios los pre-reformadores que intentaron una reforma antes del siglo XVI: John Wycliffe (1320-1384), Jan Hus (1369-1415), Girolamo Savonarola (1452-1498), o el predecesor de todos ellos, Francisco de Asís (1181/2-1226) y otros más en diferentes partes de Europa. Todos ellos, salvo Francisco de Asís, que fue asimilado por la Iglesia, tuvieron un final dramático, sin que ninguno de esos movimientos de protesta, no siempre ajustados por acciones realmente evangélicas, consiguiera mover a la Iglesia hacia posturas de cambio o reforma.

No era el momento. No se daban los elementos necesarios para que germinaran las proclamas de estos aguerridos profetas, cuya voz quedó ahogada en sangre. El pueblo estaba sometido al poder y atemorizado por las supersticiones medievales; las élites eran ignorantes y no estaban preparadas para secundar a esos líderes que, como Juan el Bautista, terminaron clamando en el desierto, a pesar de que su mensaje, como las melodías del flautista de Hamelin, consiguiera arrastrar tras de sí algunos centenares o miles de personas. ¿Cuál fue la diferencia en lo que a Lutero se refiere? La respuesta, aparte de invocar aspectos transcendentes conectados con la fe de los creyentes es, desde el punto de vista histórico, sencilla y, a la vez, complicada; hay que buscarla, entre otras muchas circunstancias históricas, en el papel y en la influencia que ejercieron el Humanismo y el Renacimiento. Existen otros factores, sin duda, pero nos centraremos en estos dos.

Identificamos como Humanismo, al movimiento producido desde finales del siglo XIV que sigue con fuerza durante el XV y se proyecta al XVI, que impulsa una reforma cultural y educativa como respuesta a la Escolástica, que continuaba siendo considerada como la línea de pensamiento oficial de la Iglesia y, por consiguiente, de las instituciones políticas y sociales de la época. Mientras que para la educación escolástica las materias de estudio se circunscribían básicamente a la medicina, el derecho y la teología,  los humanistas se interesan vivamente por la poesía, la literatura en general (gramática, retórica, historia) y la  filosofía, es decir, las humanidades. Con ello se descubre una nueva filosofía de la vida, recuperando como objetivo central la dignidad de la persona. El hombre pasa a ser el centro y medida de todas las cosas.

La corriente humanista da origen a la formación del espíritu del Renacimiento, produciendo personajes tan relevantes como, Petrarca (1304-1374) o Bocaccio (1313-1375), Nebrija (1441-1522), Erasmo (1466-1536), Maquiavelo (1469-1527), Copérnico (1473-1543), Miguel Ángel (1475-1564), Tomás Moro (1478-1535), Rafael (1483-1520), Lutero (1483-1546), Cervantes (1547-1616), Bacon (1561-1626), Shakespeare (1564-1616), sin olvidar la influencia que sobre ellos pudieron tener sus predecesores, Dante (1265-1321), Giotto (1266-1337), y algunos otros pensadores de la época. Estos y tantos otros humanistas, unos desde la literatura, otros desde la filosofía, algunos desde la teología y otros desde el arte y las ciencias, contribuyeron al cambio de paradigma filosófico, teológico y social, haciendo posible el tránsito desde la Edad Media a la Edad Contemporánea, período de la historia que algunos circunscriben al transcurrido desde el descubrimiento de América (1492) a la Revolución Francesa (1789).

El Renacimiento se identifica por dar paso a un hombre libre, creador de sí mismo, con gran autonomía de la religión que pretende mantener el monopolio de Dios y el destino de los seres humanos. El Humanismo y el Renacimiento se superponen, si bien mientras el Humanismo se identifica específicamente, como ya hemos apuntado, con la cultura, el Renacimiento lo hace con el arte, la ciencia, y la capacidad creadora del hombre. El Renacimiento hace referencia a la civilización en su conjunto.

En resumen, el Humanismo es una corriente filosófica y cultural que sirve de caldo de cultivo al Renacimiento, que surge como fruto de las ideas desarrolladas por los pensadores humanistas, que se nutren a su vez de las fuentes clásicas tanto griegas como romanas. Marca el final de la Edad Media y sustituye el teocentrismo por el antropocentrismo, contribuyendo a crear las condiciones necesarias para la formación de los estados europeos modernos. Una época de tránsito en la que desaparece el feudalismo y surge la burguesía y la afirmación del capitalismo, dando paso a una sociedad europea con nuevos valores.

Visto lo que antecede, estamos en condiciones de juzgar la influencia que este cambio de ciclo histórico pudo tener en la Reforma promovida por Lutero en primera instancia, secundada por Zwinglio, Calvino, y otros reformadores del siglo XVI, y valorar de qué forma estos cambios contribuyeron a la formación de los modernos estados europeos.

Pero éste será tema de una segundan entrega.



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